domingo, 27 de julio de 2008

Resumen: La presente ponencia analiza el problema del Desarrollo económico como anhelo social de alcanzar la felicidad, y de cómo las diversas estrategias para obtener aquél parten de ciertas concepciones de aquélla. Los discursos políticos –tanto de izquierda como de derecha-, el objeto de la política económica y hasta en las conversaciones de la calle, se plantea el Desarrollo como un estado ideal que la sociedad debe alcanzar; sin embargo, poco se entiende del mismo y no se cuestiona su benevolencia. Pues bien, se intenta descubrir el verdadero significado y razón de ser del mismo.

A partir de un examen de la evolución del concepto de felicidad y de cómo alcanzarla dentro de la tradición judeocristiana, se explica la naturaleza y estrategias del Desarrollo que ha sido impuesto en la actualidad como fruto de un proceso histórico que va del establecimiento del cristianismo en la alta Edad Media hasta la consolidación del capitalismo moderno. En particular, se establece un estudio de la filosofía utilitarista como parte de esta tradición y su impacto sobre el pensamiento económico actual que asocia el Desarrollo como equivalente del crecimiento económico. Asimismo, en contraposición a la tradición judeocristiana se expone la filosofía epicureísta -fuertemente influenciada por el pensamiento oriental y anterior al establecimiento del cristianismo como religión dominante- como alternativa de comprender el significado de felicidad y proponer alternativas de Desarrollo.

Por tanto, se diferencian dos tradiciones claras y diferenciadas respecto a la manera de cómo alcanzar la felicidad. De manera crítica, se concluye que el actual paradigma del Desarrollo, tal y como ha sido concebido genera contradicciones de orden social, económico, ambiental y al interior del individuo. Es necesario, por tanto, una nueva definición del Desarrollo económico en aras de buscar alternativas coherentes con el anhelo de felicidad.



Palabras clave: Desarrollo económico, ética, felicidad, Pensamiento económico, historia económica







DEL CONCEPTO DE DESARROLLO COMO REALIZACION DE LA FELICIDAD HUMANA: UNA REFORMULACION DESDE LA FILOSOFIA EPICUREISTA




-Introducción. –I. La Tradición judeocristiana. –II. Filosfía moral y utilitarismo –III. Visión moderna del desarrollo económico. -IV. Visión alternativa de la felicidad: el epicureismo. –V. Enfoque alternativo del desarrollo. –VI. Conclusión. –Bibliografía.


Introducción

El problema del desarrollo económico ocupa un lugar central al interior de la discusión económica y política de la historia contemporánea. Es así como los discursos políticos -tanto de izquierda como de derecha- reinvindican la necesidad de colocar ingentes esfuerzos con objeto de lograr un alto crecimiento económico, entre más alto mejor, y con ello, se supone, dar vía al desarrollo económico. Es pues, un bien que la sociedad debe satifaserce.

Sin embargo, y a pesar de enormes esfuerzos financieros, institucionales, humanos y académicos, las dos terceras partes del planeta se consideran “sub-desarrolladas” y al igual que en el inicio del capitalismo, sólo un grupo reducido de naciones son “desarrolladas”. Este “desarrollo” ha traído como consecuencia la destrucción acelerada del medio ambiente y la subsistencia de conflictos sociales y armados. Ni hablar del problema humano: drogadicción, alcholismo, estrés, fanatismo religioso, etc. ¿Cuál es la dificultad? ¿Acaso aún falta recorrer el camino ya trazado al desarrollo prometido?¿O tal vez el camino elegido es errado?

Cuando se habla de desarrollo o crecimiento económico vienen a la mente conceptos como empleo, riqueza, bienestar o paz. Se da por supuesto que es mejor tener empleo que no, es mejor ser rico que pobre o que es preferible la paz que la guerra. Entonces, ¿qué define entre estos contrarios lo deseable? Es decir, ¿qué define que se prefiera un escenario con “desarrollo” a uno con “sub-desarrollo? La respuesta dada por la economía se fundamenta en el utilitarismo: lo indeseable es aquello que nos produce sufrimiento, dolor e infelicidad; por el contrario, lo deseable es todo lo que nos provee la felicidad.

El desarrollo se concibe entonces como la manera de lograr aquel estado de cosas en que, por decirlo de alguna manera, se maximice la felicidad de los individuos. El objetivo a lograr es claro; no obstante, es importante notar que las palabras “desarrollo” y “felicidad” carecen de sentido propio. Son palabras abstractas sin una definición clara. Pues bien, la presente ponencia intenta desentrañar el significado de felicidad -enmarcada en la tradición judeocristiana que ha dominado el pensamiento occidental desde hace poco más de dos mil años- y su relación con lo que los economistas entienden por desarrollo y que generalmente ha sido asumido con el crecimiento económico.

Baste decir que la felicidad es un estado mental de bienestar que se conoce por intuición pero que no es posible materializar o siquiera definir. Es innegable que todos la concebimos y la buscamos de alguna forma.

El verdadero problema a tratar es ¿cómo alcanzar la felicidad? De acuerdo a cierta respuesta en particular, se genera una visión del mundo y un derrotero ético de comportamiento colectivo e individual. Se destacan en la ponencia dos tradiciones claras, la judeocristiana y la epicúrea, cada una de las cuales involucra una visión diferente de desarrollo humano, social y económico. Sin discusión, la tradición dominante es la judeocristiana.

A pesar de la formalización, en ocasiones excesiva, de la ciencia económica, ésta encierra un problema ético (del griego ethos, ‘comportamiento’ o ‘costumbre’) en la medida en que se intenta descubrir los principios o pautas del comportamiento humano en concordancia con lo ‘bueno’ o ‘deseable’.

¿Pero cómo se establece que determinada acción sea ‘buena’ o ‘mala’? Existen dos principios éticos, el primero considera algunos tipos de conducta como buenos en sí mismos, mientras que el segundo se refiere a conductas buenas en la medida en que se adaptan a un modelo moral concreto o a un bien superior –un summum bonum-. De ellos, se desprende tres modelos básicos de conducta en función al “bien más elevado”: el placer o la felicidad, el deber (virtud) y la perfección humana1. Todas ellas se fundamentan en la realización de la naturaleza humana, pero el debate entre aquéllas se encuentra en ¿cuál es esa naturaleza humana?

La autoridad invocada para determinar una buena conducta puede ser con base en la voluntad de una deidad (obediencia a mandamientos divinos o textos sagrados), el modelo de la naturaleza (conformidad con la cualidades atribuidas a la naturaleza) y, por último, se puede basar en la razón, donde la conducta es dominada por el pensamiento racional. El dominio de una u otra autoridad depende del marco histórico y social en particular.

La necesidad de lo ético nace de la condición particular de vida del ser humano. A diferencia del resto de animales que habitan la tierra, el hombre se caracteriza por una infancia relativamente larga, en donde necesita completa asistencia con el fin de obtener alimento, morada y refugio de los depredadores. Carece también de contextura física –dientes, velocidad, fuerza- que le permita cazar presas o defenderse por sus propios medios. En resumen, el ser humano como individuo es completamente inútil en un medio adverso; su supervivencia es posible únicamente dentro de la colectividad. En esta medida, la colectividad como un todo regula la conducta individual con objeto de compatibilizarla con el bien común. Seguramente por ello la totalidad de las culturas a través de la historia consideran el robo como una conducta ‘mala’ y digna de castigo2, pues si se convierte en una conducta generalizada no habría quién produzca, poniendo en riesgo la reproducción material de la colectividad, y al final, no habría ni qué robar3.

En consecuencia, la ética existe porque existe el otro. En el pensamiento económico se reconoce la dimensión ética de la economía que escapa a un núcleo duro de la teoría4 (González, 2003). Así, Smith en su Teoría de los sentimientos morales (1759) reconoce la importancia de los sentimientos morales (simpatía, prudencia y magnanimidad) en la sociedad ideal, más que en el individuo egoísta. Bentham (1776) expone su axioma fundamental de la mayor felicidad para el mayor número. Edgeworth (1881) expone un egoísmo cruzado con algunos sentimientos de simpatía, con objeto de elegir entre diferentes óptimos de Pareto, decisión que escapa a la elección individual.

Veblen (1899; 1904) estudia el consumo conspicuo como socialmente determinado y de la envidia en la formación de preferencias como un sentimiento especial de simpatía (ponerse en el zapato deseado del otro). Commons muestra por una parte que las decisiones individuales están en función de las instituciones como reglas formales y no formales, “personalidad institucionalizada” y, por otra parte, la limitación de la racionalidad estrecha –completa y transitiva- para elegir socialmente un óptimo de Pareto.

Asimismo, Keynes (1936) pone de relieve el problema político de la inclusión social por medio de la demanda agregada. Arrow (1951), artífice de la teoría del equilibrio general, formula el Teorema de la Imposibilidad en donde los individuos conciben de manera distinta las relaciones entre medios y fines y, por tanto, no es posible conciliar preferencias individuales con preferencias sociales. La elección social no puede ser analizada con las herramientas usadas en la elección individual. Además, existen bienes como la salud o la educación que por su naturaleza escapa del análisis de mercado.

A partir de la segunda mitad del siglo pasado la reflexión giró en torno a la manera de cómo volver compatible la elección individual con la colectiva, dadas las conclusiones de Arrow. Así, Vickrey (1945) y Rawls (1971) incorporan un “velo de ignorancia” en la curva de utilidad de los individuos con objeto de decidir entre mundos alternativos sin que éstos conozcan su suerte. Buchanan y Tullock (1962) establecen la armonía entre lo individual y lo colectivo por medio de la negociación y acuerdos políticos. Olson (1965) expone la tensión permanente entre el interés individual y el colectivo, como por ejemplo, el oligopolio (González, 2003).

De esta manera, Robinson Crouse se nos presenta como una metáfora pueril de perfecta coincidencia entre el individuo con otros individuos5. Se establece, por el contrario, la realidad de la colectividad y la necesidad del otro, el problema ético.

En conclusión, la ciencia económica tiene una finalidad ética que escapa de la formalización para entrar al terreno de la reflexión filosófica –la economía sería una ciencia humanamente más valiosa si en ella hubiesen concurrido más filósofos y menos matemáticos-. Desafortunadamente la influencia del positivismo fue muy marcado en la teoría económica dominante. Se tachó de metafísica la pregunta “¿Para qué?” y se eliminó el problema ético del escenario analítico.

La ponencia se divide en seis secciones además de la presente introducción. En la primera sección se analiza a modo general la estructura mental de occidente como cultura dominante y su concepción de felicidad derivada del judeocristianismo. Esta concepción permanece en el pensamiento laico y se proyecta a la ciencia económica a través de la filosofía moral y el utilitarismo, problema abordado en la segunda sección. En la tercera sección se logra comprender la concepción occidental del desarrollo, cuyas raíces más profundas están en el judeocristianismo. En la cuarta y quinta sección se explora la tradición epicúrea que a juicio del autor establece los cimientos filosóficos de un nuevo desarrollo económico justo y respetuoso del medio ambiente. Finalmente, se plantean las conclusiones con el fin de enriquecer el debate en un país urgido de soluciones.

  1. La tradición judeocristiana

El judaísmo como religión implica una visión del mundo en función a unos presupuestos esenciales respecto a Dios, la creación y funcionamiento del mundo y el papel o lugar que juega el hombre en el cosmos y su relación con Dios. El primer elemento claro es su concepción monoteísta, es decir, la existencia de un solo Dios omnipotente y omnisciente, creador de todo lo existente, principio y fin. El mundo creado se rige por una serie de reglas, principios y leyes impuestas por aquel Dios (Logos), mas no por la intervención directa en éste. La relación de Dios con el mundo es análoga a la relación del relojero respecto al reloj, lo crea, genera los mecanismos de su funcionamiento pero como tal, el mundo guarda cierta independencia de su creador. Por tanto, existe una diferencia jerarquizada entre Dios, el hombre como hijo y de la naturaleza como creación y propiedad.

Para el judaísmo el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y ha sido puesto como hijo -si nos remitimos al Antiguo Testamento, Yahvé (“Yo soy el que es”, es decir, lo que existe de una forma absoluta) es presentado como padre-. Esta ‘imagen y semejanza’ supone un componente divino en el hombre que se expresa en el libre albedrío y en su facultad inteligible respecto al mundo y a Dios. La creación perfecta (paraíso) ha sido otorgado a la humanidad, sin embargo, ante la traición, Adam y Eva son expulsados y condenados por Dios a “ganarse el pan con el sudor de su frente”. Aún así, no son completamente desamparados y se les concede cierta propiedad sobre el mundo. De esta manera, el hombre como hijo de Dios, aunque pecador, es dueño de la creación para disponerla en función a su subsistencia. Es decir, de la creación de Dios se diferencia el hombre –creado a imagen y semejanza suya- del resto de criaturas, plantas y objetos inanimados. Se configura una jerarquización estricta donde el hombre pasa a ser su poseedor casi absoluto.

Asimismo, el Torá, o Antiguo Testamento para los cristianos, posee una estructura temporal que discurre de un principio único que posibilita la existencia del mundo -“En un principio”- a una serie de sucesos que culminan con la llegada del Mesías (del hebreo mashiaj, ‘el ungido’) como enviado de Dios para liberar al pueblo de Israel e implantar el Reino de Dios.

Por otra parte, el cristianismo nace en el siglo I como consecuencia de las enseñanzas de Jesús. En un principio, no existía una diferencia marcada entre judíos y seguidores de Jesús, recordando que los primeros cristiano fueron judíos. El cisma se produce después del año 135 d.c. ante la disolución del concilio rabínico.

El cristianismo como una nueva religión en expansión es heredera de la visión judía descrita anteriormente y guarda tales presupuestos. La diferencia central radica en la aceptación de Jesús como hijo de Dios por parte de los cristianos, mientras que los judíos niegan tal aseveración. Existen igualmente diferencias importantes en lo que respecta a la concepción del Dios judío –símbolo de autoridad, poder y venganza- del Dios cristiano –enseñanza de sacrificio, amor y perdón-, ritos particulares y otros tópicos. No obstante, guardan una estructura de pensamiento que ha sido transmitida a través de la historia. Es decir, el judeocristianismo es el principal determinante del pensamiento en occidente, tanto religioso como laico.

El mundo grecorromano jugó también un importante papel en la estructura ideológica de occidente. El mediterráneo durante la antigüedad significó el centro político, económico y cultural de diferentes pueblos circunscritos a su órbita. En el siglo V Grecia era el límite entre Europa y Asia que durante mucho tiempo resistió los intentos de expansión del imperio Persa. Alejandro Magno (356-323 a.c.) logró unificar la dividida Grecia y avanzar sobre oriente hasta lindar con India, dando lugar al periodo conocido como Helenístico que fundió y mezcló las diferentes culturas orientales con la griega. Posteriormente, el Imperio Romano conquistaría el mundo heleno y se fascinaría de esta rica cultura y es a su vez conquistado. Tal como lo expresara el poeta romano Horacio: “Greace capta ferum, victorem cepit –el bárbaro conquistador ha sido conquistado-”.

De la filosofía griega, el cristianismo retoma el dualismo de Platón; es decir, un mundo perfecto e inmutable, el de las ideas, y un mundo material, imperfecto y perecedero. De esta manera se profundiza la fractura judía entre Dios y el hombre con la naturaleza.

Una vez el Imperio Romano logra su auge y unifica el mediterráneo y oriente próximo, sirve de cuna para la expansión del cristianismo, el cual recoge el acumulado cultural del mundo grecorromano.

En resumen, se concluyen cinco características importantes que determinarán el pensamiento occidental:

  1. Concepción lineal del tiempo

  2. Ruptura y jerarquización hombre-naturaleza

  3. Dualismo platónico

  4. El Trabajo como castigo

  5. Relación hombre-Dios basada en la autoridad

Gracias al proceso globalizador del Imperio Romano confluyeron en una nueva cultura el judaísmo, el pensamiento grecorromano, los pueblos de oriente próximo y el mediterráneo y proyectada a través del cristianismo en el futuro europeo. De lo que sigue, se muestra la evolución de este pensamiento hasta nuestros días y su relación con el desarrollo económico.

  1. Edad Media y felicidad

Luego de la caída del Imperio Romano Europa quedó fragmentada en feudos y confinada a su propia geografía. La iglesia católica se convirtió no sólo en el poder religioso, sino que también político, económico y cultural.

El aspecto más importante por resaltar es el tema de la salvación eterna. Jesucristo se había sacrificado con el ánimo de redimir a la humanidad de todos sus pecados y, hasta cierto punto, el ethos medieval giró entorno a cómo alcanzar la salvación. Aparte de posiciones extremas que consideraban la predestinación como la manera en que Dios ya había determinado de antemano quién sería salvado y quién no (San Agustín, Martín Lutero y Calvinistas), el hombre poseía libre albedrío y era responsable de sus actos. Es el individuo, por tanto, el agente de su propia salvación y como tal, poseía las facultades para lograrlo.

Ahora bien, la salvación se convirtió en una promesa de felicidad eterna a cambio de sacrificios y obediencia en el mundo terrenal. Aún así, si el hombre lleva una vida espiritual durante su vida es recompensado con la felicidad que significa la comunión con Dios. El punto importante por resaltar es el cómo alcanzar esta felicidad prometida. Es decir, la felicidad se configura como algo que le viene de afuera al individuo y que éste, por sus propios medios, debe alcanzar. Esta no es connatural al individuo ni es propio del alma humana sino que es proveída, en este caso, por un ser supremo.

San Agustín, influenciado por Aristóteles, asocia la felicidad con la sabiduría, como “posesión de lo verdadero absoluto, de Dios”. San Buenaventura define la felicidad como el punto final del camino que lleva a Dios. Para Santo Tomás es “un bien perfecto de naturaleza intelectual” que no es consustancial al alma, sino algo que se recibe desde fuera. Por ello, está ligado a un bien supremo. Finalmente, Boecio declara que es el “estado en el cual todos los bienes se hallan juntos” y no existe, por tanto, felicidad sin la posesión de éstos.

  1. Renacimiento y antropocentrismo

Desde alrededor del siglo XII y XIII se venía generando el asenso del comercio que gradualmente fue uniendo nuevamente a Europa, tanto al interior como con otras regiones del mundo conocido. La Liga Hanseática (1158) fue creada como una agrupación de los comerciantes alemanes de la región norte de la actual Alemania, Países Bajos e Inglaterra. Esta surgió gracias al surgimiento de las primeras ciudades libres y la necesidad de asegurar los intereses de estos comerciantes, en lo referente a seguridad y rutas comerciales. Esta liga es un punto de referencia del inicio de los posteriores cambios económicos y culturales de Europa.

El Renacimiento, siglo XIV al XVI, constituye un renovado interés por el mundo grecorromano clásico y en especial por su arte. Constituyó el establecimiento de instituciones políticas centralizadas y el desarrollo de una economía urbana y mercantil. El Renacimiento significó el “descubrimiento del mundo y del hombre”, aunque no significó una ruptura absoluta con la tradición medieval como normalmente se cree, pues los adelantos filosóficos, artísticos y políticos estuvieron sobre la base de la tradición escolástica, el estudio y preservación de textos antiguos en los monasterios y las obras de Tomás de Aquino, Juan Escoto y Guillermo de Ockham.

La rompimiento con el medioevo parte de una reconsideración de la narrativa histórica que estaban escritas de forma secular por autores como Leonardo Bruno, Nicolás Maquiavelo, Jean Bodin y Francesco Guicciardini. De la historia cristina -creación, encarnación de Jesús y Juicio final- centrada en la divinidad, la historia renacentista inicia con la antigüedad, continuaba con la Edad Media y finalizaba con la edad de oro o renacimiento. El eje de gravitación lo constituye el humanismo, el cual ratificaba la capacidad de la persona humana de hallar la verdad y practicar el bien; tenía por objetivo crear seres humanos libres y civilizados, personas de gusto y juicio, en suma, ciudadanos.

El derecho Romano sufre una reinterpretación filológica e histórica donde revalidaron la proposición medieval de que la libertad, el derecho y la justicia como el principal objetivo de la vida política.

De lo anterior, el quiebre más importante del Renacimiento, el cual cambiará radicalmente el pensamiento occidental, fue la transformación de la relación del hombre respecto a Dios: se pasa del teocentrismo al antropocentrismo. El hombre ocupa ahora el lugar por el que todo lo demás gira y adquiere sentido. El hombre tiene el derecho connatural de poseer la creación de Dios, la naturaleza le pertenece para suplir sus necesidades y deseos. Si antes mediaba una relación de autoridad, en el Renacimiento es imperativo el libre albedrío y la autonomía humana para decidir su propio destino.

Por tanto, la concepción de felicidad cambia radicalmente, ya no es la vida eterna ni la comunión con Dios la que nos asegura la felicidad sino la realización del hombre en la tierra; es decir, buscar la felicidad en el más acá como conclusión del desarrollo de todas las capacidades espirituales, intelectuales y artísticas del hombre.

C.Ascenso del capitalismo

El periodo del Renacimiento representa la antesala de la etapa comercial y del pensamiento mercantilista que iría del siglo XVI al siglo XVIII. Con la creación del estado moderno, centralizado y nacional, se garantiza el surgimiento del poder económico de los comerciantes y de la naciente burguesía.

Se impone una nueva relación del hombre con el cosmos tras la revolución copernicana que se impone sobre el modelo de Tolomeo y la física clásica de Newton. Ahora la tierra no es el centro del universo y la naturaleza se rige por leyes racionales, fijas y predecibles (mecanicismo), perdiendo así la ilusión de libertad y espontaneidad. La dificultad se encuentra al aplicarlo al terreno humano, contradiciendo las libertades y autonomía que había conseguido tras irse liberando paulatinamente de las trabas feudales a través del comercio y las ciudades libres.

La filosofía moderna gira en torno al intento de conciliar el determinismo natural con el libre albedrío humano (Maya, 2001). Por esta vía, se consolida una manera particular de concebir la felicidad, el modo de alcanzarla y el papel que juega el individuo.

René Descartes (1596-1650) como fundador de la filosofía moderna es quien primero trata el tema y hasta cierto punto define los derroteros posteriores de la investigación filosófica y social. Su respuesta es dada desde un platonismo moderno, con ciertos límites por el temor a la represión política de la Iglesia, pues para aquel tiempo Galileo ya había sido preso por ir en contra de las enseñanzas de la Iglesia. La imposibilidad de dar una respuesta convincente del enigma del hombre al interior de la naturaleza lleva a Descartes a dividir nuevamente el hombre: un cuerpo sometido a las leyes de la naturaleza versus un espíritu inmanente. El problema se presenta al tratar de determinar cómo se articula el mundo material con el espiritual.

Para Baruch Spinoza (1632-1677), filósofo y teólogo holandés, el espíritu gira en un plano paralelo a la materia, pero sincronizada a ésta por leyes divinas. Es el máximo representante del panteísmo occidental, doctrina que identifica el universo (del griego pan, todo) y Dios (theos), contraria a la creencia ortodoxa que hemos estudiado de que la realidad de Dios es de alguna manera externa a la realidad del mundo. Se deshace del platonismo cristiano, planteando que el “hombre pertenece él y por derecho propio a la naturaleza y, por tanto, hay que construir una ética que responda a las leyes de la naturaleza” (citado de Maya, 2001, p. 2).

El concepto de Dios desarrollado por Spinoza se aleja de su versión como creador, trascendente, benévolo y libre, a un “Dios racional” sujeto a leyes. El mundo surge por necesidad y responde a un ordenamiento racional. Es Dios, por tanto, parte del mundo natural.

Llegamos a este punto a Immanuel Kant (1724-1804), considerado el pensador más influyente de la modernidad, sentará las bases sobre las cuales se forma el pensamiento económico moderno. Su principal deseo es rescatar al hombre del determinismo natural de Spinoza y regresar a la doctrina platónica, conservando de esta mantener la libertad y dignidad del hombre. Con Kant nace la sociedad laica y moderna (Maya, 2001).

El objeto de la filosofía kantiana es conciliar el mundo físico –determinístico- y la razón, la moral y la libertad. Parte de considerar una separación esencial entre ambos mundos siendo necesario llevar un estudio del hombre por separado. Es necesario recordar que tras el triunfo del sistema copernicano el hombre dejó ser el centro de la creación para convertirse en un ente periférico y sin importancia trascendental. Lo único que distinguía al hombre del resto del universo es la razón y la libertad.

La batalla de Kant se libró en la búsqueda del equilibrio entre las corrientes al final de la Ilustración: el empirismo y el racionalismo. El primer objetivo es rescatar la ciencia del escepticismo, del mundo como un conjunto de causalidades seguras y determinísticas. En segundo lugar, eliminar por otra parte el absolutismo dogmático, fruto de una razón extralimitada que pretende alcanzar el conocimiento de realidades trascendentales como Dios, el alma inmortal o la libertad. El equilibrio consiste en justificar el método científico para no caer en un “materialismo sin alma”, pero tampoco “perderse en fantaseando en el espiritualismo”.

El criticismo kantiano es, por tanto, el rescate de la razón misma, ajustándola en el punto medio entre dogmatismo y relativismo escéptico, entre determinismo y libertinaje.

El capitalismo ascendente acababa de romper los lazos feudales, y esta nueva sociedad reclama por medio de Kant la libertad de acción y decisión, tanto política como económica, y de un nuevo ethos basado en el individuo que lo facultara para convivir con otros individuos que al buscar su propio interés no colocara en riesgo la convivencia social misma. De ahí se deriva el imperativo categórico, como principio de la acción moral, de que no hagas a los demás lo que no quisieras que los demás te hicieran a ti. Lo que ha triunfado en lo económico y lo político, no puede perder en lo filosófico.

Son Dios, el alma inmortal y la libertad la “tríada sagrada” cuya existencia o esencia no puede ser conocida por la razón especulativa o la sensibilidad, sino por medio de la razón práctica como hipótesis o idea. Ninguna de ellas se encuentra al interior de los fenómenos, y son sólo hipótesis exigidas por el imperativo moral (Maya, 2001). La libertad es un principio absoluto de autonomía, es decir, el hombre escapa a las contingencias del mundo natural y construye su propio orden autónomo. De esta manera, se profundiza el dualismo platónico y el hombre se convierte en un ser trascendente, dotado de un principio soberano y autónomo de acción en donde no aplican las leyes naturales. El orden moral se construye sobre la libertad como único fundamento y limpio de naturaleza.

Ahora bien, la existencia de la libertad y ese orden moral autónomo implica la existencia de un alma inmortal como principio de acción independiente del cuerpo del cual queda reducido a “un instrumento de fin sensible y animal”. Así, hay una tercera hipótesis trascendental: la existencia de Dios como sustento del alma humana. El Dios kantiano, y también moderno, existe en la mente humana como “idea” y no tiene el derecho ni la facultad de entrometerse en el pensamiento y destino del hombre. En conclusión, la razón debe limitarse al conocimiento científico como reino autónomo de toda injerencia teleológica o esencialista. El estudio se circunscribe a un mundo fenomenológico que se encadenan en series infinitas y donde es imposible encontrar la causa primera.

El hombre es un ser racional, responde a un imperativo categórico y responden a un fin en sí mismos. Es el único digno de consideración, es sujeto y objeto de derecho. Kant distingue entre persona y cosa. Las cosas solamente tienen valor relativo, puesto que son medios para los objetivos del hombre. En resumen, el hombre no tiene ningún deber hacia cualquier otro ser más que hacia sí mismo.

  1. Filosofía moral y utilitarismo

Recapitulando, la visión judeocristiana a determinado la estructura mental de occidente. Sin importar si se trata respecto al pensamiento laico o religioso, se guarda una arquitectura básica que comparte tanto los físicos, los biólogos o los economistas. Esta arquitectura se compone de unos presupuestos básicos que determinan la manera de abordar y conocer el mundo. Así, y salvando obvias diferencias, esta arquitectura responde a una visión del tiempo lineal, un único Dios creador pero hasta cierto punto ausente, un individuo responsable de sus actos, una profunda ruptura entre el hombre y la naturaleza y una visión de la felicidad como la consecución de un bien externo del cual debemos proveernos.

Ahora bien, luego del Renacimiento hasta llegar a Kant, se consolida la modernidad cuyos pilares son la confianza en la razón, la fe en el progreso y el mejoramiento continuo de la sociedad del hombre a través de la ciencia –dominio de la naturaleza- en un discurrir lineal y progresivo.

  1. Hegemonía del capitalismo y utilitarismo

A partir del siglo XVII la burguesía como clase ascendente toma el poder político (revolución francesa), el poder económico (revolución industrial) y el poder intelectual e ideológico (ilustración y filosofía clásica alemana) de la sociedad europea. De esta manera se desarrolla plenamente el capitalismo como modo de producción dominante.

El siglo XVIII es la cumbre del proceso histórico iniciado desde el siglo XII que consolida una sociedad liberal, opulenta como ninguna otra y basada en el propio beneficio. En el terreno de las ideas, se da la batalla por la defensa de tales paradigmas conquistados, como la defensa de la ciencia como instrumento de dominación (tecnología), pero que carece del anhelo de comprender el orden natural.

En este contexto surge el positivismo en el siglo XIX como corriente filosófica que enfatiza que el único conocimiento verdadero es posible por medio de los sentidos. Esta postura filosófica es una derivación de las conclusiones del sistema de Kant, las cuales dividían el mundo en dos: el noúmeno y el fenómeno, la cosa en sí y la cosa para mí, siendo la segunda la única con posibilidad de ser conocida, la primera es simple metafísica.

Derivado del optimismo despertado por los grandes avances realizados en física durante los siglos XVII y XVIII, el positivismo pretendió extender el método a las ciencias del hombre, una especie de “física social”, tal como lo postuló August Comte (1798-1857). La cientificidad gira en torno al descubrimiento de leyes causales y de su efecto sobre los hechos; la ciencia asegura para la humanidad la solución de todos sus problemas encaminando la sociedad al progreso, el bienestar y la solidaridad (Reale, 1992).

Todos los elementos están listos para dar paso al utilitarismo: existe una concepción de la ciencia, el hombre y la naturaleza propicia al capitalismo que ya hemos abordado. Los supuestos básicos son el individualismo metodológico como la manera en que cada quien es autónomo y define sus propios intereses, y la racionalidad como facultad de ordenar preferencias, fijar objetivos y elegir los medios más adecuados (Colomer, 1987).

Si bien Kant -como nacimiento de la modernidad derivada de la tradición judeocristiana- coloca la piedra sobre la cual se construye el andamiaje intelectual posterior, existen ciertas rompimientos importantes que acomodarán las ideas al modelo capitalista, ya desarrollado a plenitud. Por ejemplo, la moral hasta Kant había girado en la necesidad de encontrar una ley moral absoluta que gobernara las acciones del hombre. El utilitarismo cambia radicalmente a una ética que busca la felicidad terrena y mundana.

De esta manera, el escepticismo crítico de David Hume sirve de primer origen al utilitarismo. Hume cuestiona la posibilidad de conocer algo por fuera de la experiencia y que incluso ésta se basa en la percepción subjetiva de cada quien. Asimismo, la moral, diferente a la revelación de verdades categóricas o inmutables, como una cuestión de sentimientos humanos, personales y carente de trascendencia. “Del ser no puede derivarse ningún deber ser”.

Un segundo origen es la reivindicación del pensamiento hedonista de algunos ilustrados materialistas franceses. De ellos, Helvetius, en Del espíritu (1758), define la motivación básica de toda acción con el amor propio o egoísmo en la búsqueda del placer y la aversión al dolor. Es la defensa del erotismo y el rechazo al sacrificio y a la austeridad. La felicidad es entonces definida como la satisfacción de las propias necesidades. El bien lo define como lo útil a la felicidad y lo malo como lo perjudicial o contrario a ella. La virtud es la unión del interés personal con el general, es, por tanto, fundir la moral con la política y la legislación (Colomer, 1987).

Jeremy Bentham (1784-1832) es el filósofo que logra darle unidad a la moral utilitaria. El axioma básico de “la máxima felicidad para el mayor número” es la regla y fin del gobierno, con el fin de asegurar el mayor bienestar a todos los individuos. Existe detrás de este principio el supuesto de independencia absoluta de los individuos en lo que respecta a sus preferencias y placeres. Por tanto, si un individuo obtiene un mayor placer, éste incrementa la felicidad total de la sociedad.

Bentham pretende construir una aritmética del placer y cuantificarla. Sus esfuerzos, por supuesto, fueron infructíferos y su mayor avance fue definir el “útil” como medida proxy del placer o bienestar, referida a una magnitud monetaria, el ingreso o la simple cantidad de bienes que posee el individuo. Sería fuertemente criticado aún en su época por un hedonismo sensualista y vulgar.

John Stuart Mill (1806-1873), positivista inglés, intentará darle una dimensión amplia al placer, más allá del placer meramente sensual. “Considero que la utilidad es la instancia suprema de toda cuestión ética, pero debemos entenderla en el sentido más amplio del vocablo, como fundada en los intereses del hombre en cuanto ente progresivo”. La anterior afirmación encierra y demuestra la discusión tratada en la presente ponencia: el hombre es el centro y fin ético que avanza de manera continua.

Lo interesante del pensamiento de Mill es que logra un breve distanciamiento con la tradición hedonista de Bentham. Por ejemplo, el placer no es idéntico a felicidad; lo que distingue al hombre del animal es la posibilidad de apreciar placeres diferentes gracias a facultades humanas que se cultivan, como el arte. “Es mejor ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho, es mejor ser un Sócrates insatisfecho, que un loco satisfecho” (Citado de Pérez, 2003, p. 141).

Desafortunadamente, este alejamiento es sólo breve y Mill termina por incorporar la visión benthiana de placer a la economía. Su más importante obra, Principios de economía política (1848) fue el principal libro de texto hasta la publicación de los Principios de Marshall (1890). En éste identifica la utilidad del individuo como el principal bien que la economía debe satisfacer.

  1. El homo oeconomicus

Producto de todo el desarrollo histórico e intelectual de occidente, llegamos al nacimiento del homo oeconomicus como continuación hombre cristiano. El judeocristianismo dotó al individuo como sujeto moral cuyo juzgamiento lo hace directamente con Dios, diferente a las otras religiones a través de la historia que definen la responsabilidad, el castigo o la gracia de manera colectiva. Al ser sujeto moral asume el control de sus pasiones y apetitos por medio de la razón. El bienestar y el buen orden de la sociedad ha sido para judíos y cristianos el resultado del buen comportamiento de sus individuos.

Sin embargo, existen diferencias. El hombre cristiano busca el ideal de una vida sobria y alejada de los excesos y los placeres desmedidos. El goce sensual ha sido por siglos el pecado que expulsó a la humanidad del paraíso y despertó la ira de Dios. El dualismo platónico significó un desprecio al cuerpo y lo terreno, la avaricia, la acumulación y el egoísmo fueron condenados como vicios. Entonces, teniendo que el hombre cristiano es la base del hombre económico ¿cómo se logra concertar el segundo con el primero? Lo que realmente sucede es un giro radical de los presupuestos judeocristianos en función del antropocentrismo y el capitalismo, pero manteniendo la arquitectura respecto a la naturaleza del hombre, la naturaleza y el lugar de éste en aquella.

Nicolás Maquiavelo (1469-1527) en su obra El Príncipe (1513) describe el método y la forma en que un príncipe debe mantener el poder político y la lealtad de sus súbditos. La implicación más importante es que el sistema político dicta su propia moralidad y todo príncipe debe ajustarse a ella sino quiere verse expulsado del poder. Esta moral propia es el egoísmo y la competencia por la supremacía. El beneficio general surge del equilibrio de las diferentes fuerzas contradictorias.

Del pensamiento de Maquiavelo se deriva la lógica del mercado. Aparece como una institución por encima de los hombres con una moralidad propia. Los individuos deben someterse, análogamente, a esta lógica so pena de ser expulsados de la competencia. Posteriormente, La fábula de las abejas (1714) de Mandeville justifica los vicios como causa de la prosperidad colectiva.

Detrás de estas tesis se encuentra la influencia de Newton y el concepto de equilibrio que impuso en la física clásica, como la armonía que resultan de fuerzas contrapuestas que en lugar de aniquilarse se complementan.

Como resultado, los vicios, el egoísmo, la avaricia, el placer y la competencia egoísta de los individuos que buscan su propia felicidad se contraponen, equilibran y armonizan en beneficio general.

De este modo, se mantiene el individuo cristiano pero ahora está volcado a la búsqueda del placer como objeto en sí mismo, aun cuando sigue habiendo cierto control de la razón como instrumento de ajustar de la mejor manera los medios al fin.

En este punto se invierte el papel de la razón en función de las necesidades del capitalismo como modo de producción social. La razón, desde la Antigua Grecia hasta la filosofía crítica de Kant, obtuvo en la historia un lugar preponderante como facultad humana de alcanzar la verdad y el conocimiento del mundo. El ascenso de la burguesía al poder colocó como modelo a seguir la racionalidad propia de esta clase. La razón ocupa ahora un lugar instrumental en la consecución de los fines deseados, no como facultad de conocer. “La razón es, y sólo debe ser, esclava de las pasiones, y no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas” (Hume, 1739).

  1. Visión moderna del desarrollo económico

Ahora bien, en la teoría económica el interés propio es análogo a la búsqueda del placer, y se presenta ahora no solo como aprobable sino como natural. Este principio es equivalente a la gravitación universal que armoniza los diversos intereses de los individuos. “-Ningún individuo- se propone , por lo general, promover el interés público, ni sabe hasta qué punto lo promueve. Cuando prefiere la actividad económica de su país a la extranjera, únicamente considera su seguridad, y cuando dirige la primera de tal forma que su producto alcance el mayor valor posible, sólo piensa en su ganancia propia; pero en éste, como en muchos otros casos, es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones” (Smith, 1776, Libro IV, II p.9).

Robbins define la economía como el estudio del comportamiento humano como una relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos. Los individuos toman decisiones descentralizadas con base en la elección racional que maximice la utilidad, dada una restricción presupuestaria. Las condiciones para llegar al máximo beneficio para el mayor número consiste en que tales preferencias sean completas y transitivas.

El principal significado de la teoría del Equilibrio General radica en realizar el proyecto de vincular el bienestar individual con el colectivo en un proyecto no intencionado, ni en donde nadie puede mejorar su bienestar sin empeorar el de alguien más.

Concluyendo, gracias a la tradición judeocristiana es posible la existencia del individuo como ente autónomo, racional y responsable de sus actos. Asimismo, está en orden jerárquico por encima de la creación, donde ésta ha sido dispuesta a la satisfacción de sus necesidades.

Posterior al Renacimiento el hombre ocupa el lugar central del mundo y todo lo contenido en él tiene como objeto la finalidad humana. El bien supremo, la felicidad. Los vicios hacen parte de un ordenamiento armónico gobernado por la providencia omniabarcante de un Dios sabio, poderoso y bueno que extrae bien del mal y dispuso un plan del orden general y la felicidad.


  1. El problema del desarrollo económico

Como síntesis, la utilidad del individuo se deriva sólo de la posesión de bienes escasos, el orden de preferencias no es lexicográfico por lo que la pérdida de un bien es compensada por el aumento de otro bien (sustitución). Finalmente, las preferencias son monótonas crecientes, es decir, más es preferido a menos. La teoría económica, finalmente, coloca en posición de superioridad al individuo, éste es soberano al juzgar sus preferencias y definir sus decisiones.

Los bienes económicos se convierten en el medio de alcanzar la felicidad, entre más poseamos de ellos mayor será nuestra felicidad. Ahora bien, viéndolo en conjunto, una sociedad opulenta con una mayor disponibilidad de bienes es una sociedad más feliz. La regla de oro del modelo de crecimiento de Solow maximiza el consumo de los agentes.

Por lo tanto, el crecimiento económico como cambio cuantitativo de los bienes materiales es el único determinante de la felicidad humana. La política económica y las discusiones teóricas tienen este supuesto presente.

A pesar de los cambios enumerados someramente en la concepción del hombre europeo, continúa de manera implícita la misma idea de cómo alcanzar la felicidad: esta viene de algo externo, de fuera del individuo que es necesario conseguir. En la medida en que más se posee este “bien” más completa es la felicidad experimentada. En realidad, el cambio importante es determinar el qué cosa provee la felicidad: en el medioevo es la comunión con Dios, en el Renacimiento es la realización del individuo en el plano místico y artístico y en el capitalismo es la posesión de bienes y su consecuente consumo.

Ahora bien, como ya se había mencionado, el utilitarismo tiene una gran influencia sobre la teoría económica. Los economistas se forman con la convicción de que el bienestar que alcanza un individuo y la sociedad en su conjunto está asociada a la cantidad de bienes y servicios. Ello explica la visión economicista de relacionar directamente el crecimiento económico con el desarrollo. En concreto, el PIB per-capita como medida del desarrollo indica cuánto una persona en promedio de determinado país puede consumir, es decir, qué tanta felicidad puede comprar.

No obstante, esta visión del mundo, el hombre, la felicidad y el desarrollo trae consigo una serie de incoherencias que se evidencian en las consecuencias de la sociedad moderna. Son del orden ambiental, social y humano.

Ante la angustia de un mayor crecimiento, la naturaleza ha sido despreciada con objeto de satisfacer las necesidades humanas. Así, antes que convivir con el ambiente natural existe una dominación jerárquica donde los seres animales y la vida no humana carecen de derechos y valor en sí mismos. Esto ha llevado una depredación que pone en riesgo no sólo la supervivencia del medio ambiente sino la nuestra propia.

En términos sociales, el afán de lucro lleva a unos a concentrar una gran cantidad de riqueza en perjuicio de la mayor parte de la población. El hombre se ha convertido en un ser insaciable que justifica su apetito en la “libertad” y la soberanía del consumidor, pero cuyo efecto práctico es la exclusión y la marginación. Esto ha generado una serie de conflictos sociales palmarios en la sociedad moderna. La lucha contra el “terrorismo” no deja de ser la represión ante los efectos que ha traído el sistema económico imperante y que, como hemos visto, se basa en la tradición judeocristiana.

Al interior del individuo las contradicciones son igualmente nefastas. El consumismo se ha convertido en una presión mental. El deseo de consumir y consumir se convierte en una angustia perenne que nuna se sacia, creando necesidades que deben ser suplidas. El hombre ha sido colocado en la posición de Sísifo, pero en lugar de remontar una y otra vez la roca de su condena que siempre volverá al punto de inicio, el hombre está condenado a nunca estar satisfecho. Desafortunadamente, y parafraseando a John Stuart Mill, somos unos cerdos insatisfechos.

Esta concepción del desarrollo ha ido cambiando, pero como producto de la crítica de la realidad práctica más que de una reflexión profunda del bien-estar y la felicidad del hombre, objetivo último y esencial de la economía. Amatya Sen se pregunta en el prólogo de su libro Desarrollo y libertad (1999), “¿Cómo es posible que en un mundo como el nuestro, que ha alcanzado un nivel de prosperidad sin presedentes, se le nieguen las libertades más elementaes a un gran número de seres humanos?¿Cuál es la relación entre nuestras riquezas y nuestra capacidad devivir según nuestros deseos?”. Sen cuestiona acertadamente la relación “cantidad de bienes = felicidad” y enfatiza que el objetivo es el hombre. Sin embargo, la “alternativa” es simplemente una falacia que preserva las contradicciones inherentes al sistema económico. Su conclusión se limita a una anomalía, mal funcionamiento u obstáculo que impide irrigar a todos los individuos el bienestar.

En opinión de Sen “el desarrollo consiste en la eliminación de algunos tipos de falta de libertad que dejan a los individuos pocas opciones y escasas oportunidades para ejercer su agencia razonada” (Sen, 2000, p.16). El desarrollo es entonces la expansión de las libertades reales que disfrutan los individuos. Considera el sistema de gobierno basado en en las libertades políticas y los derechos humanos como superiores, la soberanía del consumidor permanece intacta, la naturaleza continúa en una posición subordinada y la esencia de la razón instrumental es la agencia razonada. La solución econsiste en dotar de capacidades a las personas para competir en el mercado, jamás escapa a la tradición judeocristiana.

  1. Visión alternativa de la felicidad: el epicureismo

El epicureismo es una escuela filosófica surgida en el año 306 a.c. a las afueras de Atenas por Epicuro. Se reunía con sus discípulos en lo que denominaban como “El Jardín” para filosofar y compartir. Las principales características principales de esta comunidad era la aceptación en términos de igualdad entre hombres y mujeres, ricos y pobres, e incluso con esclavos. Su principal influencia filosófica fue el atomismo de Demócrito, quien afirmaba que todas las cosas existentes en el universo era la colección de átomos (en griego a = sin, tomo = división) combinados de diversas maneras para constituir las rocas, el agua, los seres vivos e inclusive el alma humana. En consecuencia, el epicureismo creía que todo se descompone al dejar de existir en átomos, destruyéndose asimismo el alma y, por tanto, no importa pensar en un más allá porque sencillamente no existe; lo importante es ser feliz en el presente.

La felicidad es concebida como el resultado de una mente libre de inquietudes y un cuerpo libre de dolores. Es un hedonismo pero austero, no busca el placer sino que rehuye del dolor a diferencia de la visión voluptuosa y vulgar de Bentham.

Para Epicuro, y esta es la diferencia fundamental con la tradición judeocristiana, la felicidad no es una búsqueda de “algo” que la provea, la felicidad se encuentra al interior de cada hombre y mujer. Es decir, cada uno de nosotros es perfecto, y como tal, no necesita de nada para alcanzar la felicidad que le pertenece por el mero hecho de existir. La felicidad emana de la amistad y la bondad con todos los que nos rodean.

Sin embargo, si los hombres buscan la felicidad es porque son infelices. Esta infelicidad se debe al apego a las cosas materiales o externas, pues al final su existencia no depende de la voluntad humana, sino que vienen y se van, se genera una angustia al pensar que algún día nos faltarán. “Quien se prepara de la mejor manera para no depender de las cosas externas éste procura familiarizarse con todo lo posible, y que las cosas imposibles no le sean al menos extrañas. Respecto a todo aquello con lo que no es capaz siquiera de eso, lo deja al margen y marca los límites todo lo que resulta útil para su actuación”. En realidad, lo importante es considerar lo posible y lo material no está prohibido, pero quien modere el apetito, sus deseos a necesidades menores será con seguridad feliz.

El punto importante es la concepción de necesidad, para la economía capitalista la felicidad es la satisfacción de necesidades (reales y creadas), mientras que para los epicureístas la felicidad surge de la ausencia de necesidades, la diferencia es sutil pero significativa. Frente al capitalismo Epicuro diría: “A algunos de los deseos naturales que no acarrean dolor si no se sacian, les es propio un intenso afán. Proceden (sin embargo) de una rara opinión; y no se diluyen, no por su propia naturaleza sino por la vanidad propia del ser”. Y por rara opinión se puede entender la publicidad y la idea de desarrollo que nos han estado vendiendo por 500 años. Se cuenta que en una ocasión Sócrates llego a una especie de vitrina en donde se exponían diversas mercancías para su venta, a lo que el filósofo exclamó: ¡Cuántas cosas no necesito¡.

“La riqueza –para Epicuro- acorde con la naturaleza está delimitada y es fácil de conseguir. Pero la de las vanas ambiciones se derrama al infinito”. La obsesión por el crecimiento económico se derrama al infinito (crecer y crecer) y siempre hace falta más. Estas vanas ambiciones al no satisfacerlas crean conflictos e infelicidad pues “Ningún placer por sí mismo es un mal. Pero las cosas que producen ciertos placeres acarrean muchas más perturbaciones que placeres”. Es regla que la acción de poseer genera una reacción de igual magnitud y en sentido opuesto de lo poseído a su poseedor; es decir, lo que poseemos nos posee también.

  1. Enfoque alternativo del desarrollo

Ahora bien, ¿puede obtenerse una idea de lo que es desarrollo desde el epicureismo? Si entendemos el desarrollo como el logro de la felicidad por parte de los individuos y a nivel social, podríamos sacar las siguientes conclusiones:

  1. Cambiar nuestra percepción egocéntrica respecto al universo. Hacemos parte de él y estamos íntimamente ligados a los seres y objetos en él contenido. La naturaleza posee valor en sí mismo y es objeto de derecho al igual que nosotros. Debemos establecer un sistema económico que armonice con nuestro medio ambiente. Para ello, es importante medir nuestras apetencias y limitarlas a lo suficiente. Antes que satisfacer necesidades, es mejor no tener demasiadas necesidades que satisfacer.

  2. El individuo es sin duda el objetivo, sin embargo, éste no puede ser desligado del conjunto social que le dotó de su individualidad y sin el cual no puede existir por sí mismo. Debemos hablar de un “individuo social” y olvidarnos de Caníbal Lecter como paradigma de egoísmo y búsqueda del propio placer.

  1. Conclusión

La tradición judeocristiana ha determinado la arquitectura mental de occidente, y occidente a su vez ha sometido al mundo entero a esta lógica. El mundo, el hombre y los problemas tienen una visión particular de abordarlos. El capitalismo, sin cambiar la noción básica, ha transformado los conceptos judeocristianos a su conveniencia y la teoría económica, que en ocasiones raya con la apología, continua esta visión pero desde una óptica laica.

Esta visión del mundo genera unas contradicciones que determinan en buena medida los problemas globales a los que nos enfrentamos hoy. Es necesario, como colectividad, reformular los presupuestos sobre los cuales se asienta la sociedad moderna. Esto implica cuestionar la visión del judeocristianismo frente al egocentrismo humano y nuestra propiedad sobre todas las cosas. Asimismo, realizar una crítica profunda de la ciencia económica y el concepto de riqueza.


Bibliografía

BOISIER, Sergio. 2003. “¿Y si el desarrollo fuera una emergencia sistémica?”. En la revista Reforma y Democracia, No. 27.

BIBLIOTECA DE CONSULTA MICROSOFT ® Encarta ® 2005. © 1993-2004 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.

COLOMER, Joshep. 1987. “El utilitarismo: una teoría de la eleción racional” Montesino Editores, Biblioteca de división temática. Barcelona.

EPICURO. 1995. “Sobre la Felicidad”. Traducción e introducción Carlos garcía Gual. Editorial Norma, Bogotá.

ESCOBAR, Arturo. 1998. “La Invención del Tercer Mundo; construcción y deconstrucción del tercer mundo”. Ed. Norma, Barcelona,.

FERRATER, José. 1984. “Diccionario de Filosofía”, vol. 2 Alianza Editorial, 5 ed., Buenos Aires.

GONZALEZ, Jorge Iván. 2003. “El pensamiento económico es por naturaleza ético” En: Economía y ética, Universidad Externado de Colombia, editor Jorge Iván González. Colombia.

GONZALEZ, Raúl. 2005. “Etica y economía: una ética para economistas y entendidos en economía”. Editorial Universidad jesuitas. España.

HONDERICH, Ted. 2001. “Enciclopedia Oxford de Filosofía”. Oxforx University Press. Inglaterra.

MAYA, Augusto. 2001. “La razón de la vida: la filosofía moderna” Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales

MAX-NEEF, Manfred. 2000. “Desarrollo a Escala Humana”. Centro de Alternativas para el Desarrollo. Santiago de Chile.

MILL,

PACHON, Fabio. 2006. “La evolución conceptual del término Desarrollo”. Capítulo II tesis de maestría. Pontificia Universidad Javeriana.

PEREZ, Mauricio. 2003. “Cambio de preferencias y decisiones colectivas: el utilitarismo de John Stuart Mill” En: Economía y ética, Universidad Externado de Colombia, editor Jorge Iván González. Colombia.

REALE, Giovanni; ANTISERI, Darío. 1992. “Historia del pensamiento filosófico y científico” Ed. Herder, Barcelona.

REYES, Alfonso. 2000. “Junta de Sombras, estudios helénicos”. Fondo de Cultura Económica. México.

SEN, Amartya. 1999 “Desarrollo y Libertad”. Planeta editores Bogotá.







1 También podría considerarse el poder, la riqueza en sí misma o la vida eterna como bienes supremos.

2 Han existido tribus o comunidades que se han especializado en el robo a otros grupos humanos como manera de proveerse las condiciones materiales de existencia. Sin embargo, es penalizado el robo al interior del grupo, como por ejemplo, la lealtad entre ladrones.

3 Ahora bien, de esas diferentes culturas la justificación de que robar es ‘malo’ está en función de la autoridad invocada, más arriba explicadas. Así, robar puede ser un pecado porque dios lo ha determinado así, o porque el ladrón carece del derecho natural sobre el objeto fruto del trabajo ajeno (modelo de la naturaleza), o porque, como lo expresara Kant, la regla es no hacer a los demás lo que no quieras que te hagan a ti (razón).

4 Sin embargo, este reconocimiento ético es marginal al análisis económico y no trascendió como se hubiese esperado.

5 Asimismo, Crouse logró sobrevivir gracias al conocimiento adquirido al haber vivido en sociedad, como por ejemplo, que los cocos se pueden comer, el comercio y el lenguaje.

No hay comentarios: