domingo, 27 de julio de 2008


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Es importante lograr con el tiempo una comunidad de enlaces amplia que discuta la transformación social y económica de la sociedad.



Resumen

El presente artículo intenta demostrar el papel que juega el Estado capitalista como garante de la sostenibilidad económica y social de la tasa de ganancia como fundamento de la acumulación. Para tal fin se estudia, por medio del análisis marxista del Estado, las tres fases evolutivas o Formas-Estado: el Estado liberal clásico, el Estado keynesiano del bienestar y el Estado neoliberal. Se concluye, como principal aporte, que el Estado se encuentra en continua transformación de acuerdo a las condiciones económicas, políticas y sociales con las que se enfrenta el capital, apartándose radicalmente del ideal liberal de autonomía, neutralidad y benevolencia.


Palabras clave: Pensamiento económico, marxismo, Estado, historia económica, economía política.



Abstract

The present article tries to demonstrate the role that plays the capitalist as responsible State of the economic and social support of the rate of profit as foundation of the accumulation. For such an purpose three evolutionary phases or Forms - conditions are studied, by means of the Marxist analysis of the State: the liberal classic State, the Keynesian State of the well-being and the neoliberal State. One concludes, as principal contribution, that the State is in continuous transformation of agreement to the economic, political and social conditions which the capital faces, separating radically of the ideal liberal one of autonomy, neutrality and benevolence.


Key words: Economic thought, Marxism, State, Economic history, Political economy.




Clasificación JEL


P - Economic Systems

P00 - General

P1 - Capitalist Systems

P11 - Planning, Coordination, and Reform

P16 - Political Economy







El desarrollo histórico del Estado capitalista. Economía política de la transformación económica y social


Oscar Javier Pérez Lora1


-Introducción-I.Capitalismo y tasa de ganancia. – II.Estado y tasa de ganancia. –III.Formas-Estado. –IV.Conclusiòn. –Bibliografìa.


    Introducción

    El estudio del Estado implica trascender su figura de ente autónomo, de poder impuesto desde fuera a la sociedad, de “realidad de la idea moral”, de “la imagen y la realidad de la razón” como lo expresara Hegel. El Estado dentro de la tradición de la filosofía liberal se concibe como un dictador benevolente, imparcial y neutro cuyo papel es el conciliar intereses opuestos cualesquiera que éstos sean2. Sin embargo, este enfoque conduce a la interpretación errónea de una marcada separación entre el aspecto económico y político de la sociedad en su conjunto y se pierde de vista la compleja relación entre ellos. Es así como gran parte de las discusiones referentes al Estado giran en torno al vacuo problema del grado y forma de la intervención de éste en la economía sin descubrir el carácter y sentido de tal intervención en la estructura económica y social, es decir, se limitan a la “forma de Estado”. Muy diferente es entonces el “tipo-Estado” cuyo carácter consiste en mantener las condiciones económicas, sociales, políticas e ideológicas de la reproducción del capital. Es decir, el Estado contemporáneo correspondiente al sistema capitalista adquiere diversas formas de gobierno y de arquitectura institucional pero manteniendo un mismo tipo de función entendida como el garante de la propiedad privada y del orden social con el fin de mantener y reproducir las relaciones sociales en cuyo ordenamiento la clase poseedora de los medios de producción es la dominante.

    Ahora bien, el presente artículo parte de la tesis según la cual el modelo del tipo-Estado contemporáneo surgido de la revolución francesa de 1789 y extendido a toda Europa y América corresponde a los intereses del capital en su reproducción y cuyas formas de garantizarlo, forma Estado, cambian en el tiempo de acuerdo a las necesidades específicas de cada periodo considerado.

    Por lo tanto, de acuerdo al papel que juega el Estado en la estructura económica y social éste adquiere diversas formas de gobierno o arreglos institucionales que serán el objeto de estudio. Asimismo, estos cambios de las formas de gobierno corresponden a situaciones objetivas de las diferentes condiciones a las que se enfrenta la acumulación del capital.

    Al interior de la teoría marxista respecto al estudio del Estado es importante recordar que en los trabajos de Marx y Engels no se alcanzó a desarrollar un análisis completo del Estado y como resultado se encuentran fragmentos en toda la obra de estos autores. Posteriormente, los diversos autores marxistas han intentado unificar una teoría consistente del Estado y se han configurado diversas perspectivas marxistas del mismo que en opinión del autor corresponden a fases establecidas de la evolución del sistema capitalista que han complejizado su estudio, y cuyos componentes no son contradictorios sino mas bien complementarios en el espectro histórico del desarrollo material de la sociedad.

    Principalmente, se identifican seis perspectivas: el Estado-instrumento, el Estado del capitalismo monopolista, el Estado gramsciano, el Estructuralismo-marxista, la escuela de la Derivación o Lógicos del capital (Medellín, 1986) y el trabajo desarrollado por Louis Althusser.

    La versión del Estado-instrumento concibe al Estado como mero instrumento de explotación de las clases poderosas hacia los explotados en lo concerniente a lo económico y lo represivo. Se corresponde esta versión a mediados del siglo XIX y principios del XX donde era claro y evidente la represión ejercida por el Estado en contra del movimiento obrero en acontecimientos históricos como la comuna de París, el primero de mayo de 1889, la coalición de las naciones europeas en contra de la naciente Unión Soviética y en Colombia el recordado suceso de la masacre de las bananeras.

    Posteriormente, con la introducción del fordismo en la producción y el ascenso del movimiento obrero, se reconoce la clase obrera como agente político y de riesgo para la reproducción misma del capital y se incluye ésta dentro del aparato estatal. A mediados del siglo XX, ante los procesos de centralización del capital, el Estado juega un importante papel en el mantenimiento de la tasa media de ganancia en el monopolio, dando lugar a la perspectiva del Capitalismo Monopolista. Con estas condiciones la estrategia del movimiento obrero era la “infiltración” al interior del Estado creando fisuras tras la sustitución de la burocracia estatal comprometidos con el monopolio por dirigentes comprometidos con el sector obrero. Tuvo sus mayores desarrollos en el partido comunista francés quien lo aplicó como estrategia política.

    A continuación, el trabajo de Gramsci trata de estudiar el Estado más allá de un simple instrumento de represión y acciones de política económica. El Estado es también el gran productor de consenso, el “educador de masas”, significa la interiorización de la visión del mundo y la forma de conciencia de los intereses de la burguesía, es hacer extensiva la ideología burguesa al resto de los miembros de la sociedad. El Estado busca la hegemonía política que consiste en la consecución del consenso bajo los parámetros de la clase burguesa.

    A finales de los años sesenta con el ya evidente debilitamiento del modelo fordista de producción y la consecuente pérdida de competitividad de las economías occidentales, la estanflación y la crisis de Estado de bienestar, aparece la escuela Estructuralista-marxista, principalmente en la obra de Poulantzas cuyo trabajo parte de la crítica a la versión Instrumentalista del Estado ante el reduccionismo que es sometido éste. Reconoce cierta autonomía relativa del Estado frente a las distintas clases sociales, permitiéndole una actuación flexible dentro de la estructura productiva.

    Para mediados de los años setenta da aparición la corriente de la Escuela de la Derivación o Lógicos del Capital como respuesta a las reformas propuestas por la corriente del Capitalismo Monopolista anteriormente citado. Esta escuela critica la visión “funcionalista” del Estado y expone que éste “fundamenta su existencia en el capital (...) Toda burocracia, por revolucionaria que pudiese ser, se encuentra obligada a actuar bajo la racionalidad del Estado capitalista, encontrándose, como cualquiera de ellas, frente a pequeños márgenes de acción que oscilan entre las opciones de política económica que se traducen en escuálidos cambios cuantitativos (...) El Estado no puede ser concebido como un simple instrumento, ni como una institución establecida por el capital, sino más bien como una forma particular de la existencia social del capital en relación con la competencia, como un momento esencial del proceso social de la reproducción del capital” (Alvater, 1977, p.37).

    Finalmente, el filósofo francés Louis Althusser pone énfasis en los aparatos ideológicos del Estado puesto que “ninguna clase puede detentar durablemente el poder del Estado sin ejercer al mismo tiempo su hegemonía sobre y en los aparatos ideológicos del Estado” (Althusser, 1974). Define aparato del Estado como el conjunto de instituciones que desarrollan las diversas funciones del Estado. Estas funciones son la función represiva compuesta por el ejército, la policía, las cárceles, tribunales de justicia, etc. La función técnico-administrativa se refiere al gobierno, el parlamento, obras de infraestructura, la administración pública y la política económica como tal, debido a la creciente división del trabajo que dificulta en algunos aspectos la coordinación entre las unidades productivas. Esta función en apariencia puede parecer neutral pero en su concepción y ejecución responde a las necesidades estratégicas del capital; por ejemplo, la construcción de vías no excluye de su uso a ningún individuo de la sociedad, sin embargo, estas vías se concentran en los circuitos industriales y en el acceso a los puertos, mientras que una gran porción del territorio carece de las mismas3. Por último, la función ideológica del Estado o “fuerza espiritual de represión”, como lo denomina Marx, consiste en la reproducción de la ideología de la clase burguesa4 como clase dominante representada en la religión, la educación, la familia, la justicia, la política, de información (prensa, radio, televisión), sindical y cultural. Ahora bien, muchos de estos aparatos funcionan de manera privada, pero lo que interesa en su análisis no es la clasificación en el derecho burgués sino a lo referente al modo de cómo funcionan (Harnecker, 1997).

    De acuerdo a las diferentes versiones marxistas referentes al Estado es de notar la evolución misma de éste y su creciente grado de complejidad a través del tiempo. En el presente trabajo, sin desconocer las otras versiones, se parte del análisis realizado por Louis Althusser del aparato estatal y sus tres funciones básicas para analizar los tres grandes periodos, propuestos en este artículo, de las Formas-Estado existentes en la historia del capitalismo, a saber: el Estado liberal clásico, el Estado keynesiano del bienestar y el Estado neoliberal de nuestro tiempo.

    En conclusión, el estudio del Estado va más allá de un simple aparato de represión al servicio de una clase determinada, es el garante del orden social establecido en que la clase dominante obtiene su poder político y económico. Por ende, su papel es más sutil y en ocasiones imperceptible a la experiencia, sin embargo, su efecto es en esencia el mismo. Es evidente la apertura del Estado a otros sectores de la sociedad y una aparente lucha al interior de éste, pero asimismo las reglas de juego al ingresar en el Estado establecen como condición -no perceptible a cambios- la protección de la propiedad privada y el papel central del capital como creador y administrador de la riqueza, con lo cual es imperioso el mantenimiento de las condiciones óptimas (léase de rentabilidad) para la acumulación. De ahí radica su dificultad como objeto de estudio, pues también se trata de un periodo histórico cuyas características económicas y sociales se han gestado desde el siglo XIII.

    La única diferencia con los trabajos enmarcados en la tradición marxista consiste en considerar el papel del Estado más etéreo de lo supuesto hasta ahora y en realizar el énfasis en la tasa de ganancia en lugar de la acumulación como variable explicativa, debido a que la primera explica la segunda. Asimismo, todos los trabajo anteriores se limitan a estudiar las funciones del Estado, el principal aporte de este artículo es intentar estudiarlo a través del tiempo en un proceso dinámico e histórico.

    Asimismo, comúnmente se supone en el análisis marxista respecto al Estado la validez de la “tendencia decreciente de la tasa de ganancia”. Se considera por el contrario que, primero, de las causas contrarrestantes de la tasa de ganancia expuestas por Marx5 y, segundo, del aumento de la productividad del trabajo que permite un aumento constante de la plusvalía relativa, que en el transcurso del periodo estudiado en el artículo no se hace evidente tal tendencia de manera clara. Por este motivo, se abstrae del análisis esta tendencia y se supone que si bien la tasa de ganancia puede ser muy variable, debido a circunstancias determinadas, no presenta en sí misma una tendencia (Sweezy, 1987).

    El artículo se compone de cuatro secciones y la presente introducción. La primera sección investiga la relación y lugar entre la tasa de ganancia y el capitalismo. Posteriormente se establece la relación entre el Estado y la tasa de ganancia y las medidas que éste desarrolla con el fin de garantizar la segunda. En la tercera sección se estudia las tres grandes Fases-Estado propuestas. Finalmente, se presenta una conclusión.

I.Capitalismo y tasa de ganancia

La producción de mercancías, definida como la producción para el mercado, ha estado presente en la historia humana y su existencia no corresponde únicamente al capitalismo. Sin embargo, dentro del capitalismo adquiere nuevas y distintas características. La diferencia específica del capitalismo consiste en que la producción se realiza por medio de la compra y venta de la fuerza de trabajo y cuyo resultado es la separación entre el productor directo y los materiales y capital necesarios para la producción, existe una separación o alineación entre el productor directo de su producto o trabajo. El capitalista, como agente que comanda el proceso de producción, se destaca como agente innovador que crea y desarrolla un nuevo producto, un nuevo mercado, o nuevas técnicas de producción, tal y como lo planteara Schumpeter.

En la producción simple de mercancías el productor vende su producto con el fin adquirir otras mercancías con un valor de uso determinado para la satisfacción de sus necesidades. Las mercancías constituyen en sí la racionalidad del proceso del intercambio. Bajo el capitalismo, con un capital inicial en forma de dinero, compra materiales, maquinaria y fuerza de trabajo, y posterior a la producción las vende en el mercado dando como resultado una suma determinada de dinero, pero mayor a la inicial. El dinero es entonces el principio, el fin y el motivo para la producción. Este incremento entre el capital inicial y el final constituye lo que Marx llamó plusvalía6.

Surge entonces la importante diferencia realizada por Marx entre trabajo necesario y trabajo excedente. El primero se refiere a los medios de subsistencia del trabajador mientras que el segundo se refiere al producto creado por el trabajador que supera a lo necesario para su supervivencia y del cual es apropiado por el capitalista. Por ejemplo, si la jornada laboral es de 12 horas y tan sólo 6 horas son necesarias para la manutención del trabajador, el producto de las restantes 6 horas es apropiado por el capitalista en forma de plusvalía (Sweezy, 1987). El capitalista, de manera racional, buscará la forma de reemplazar mano de obra por capital para reducir costos y minar el poder de negociación del trabajador.

De acuerdo a la anterior discusión, la tasa de ganancia, que está en función de la tasa de plusvalía y de la composición orgánica del capital, depende de manera directa de cuatro factores: la extensión de la jornada laboral, la productividad del trabajo, el nivel de acumulación y la realización en el mercado de su producción (demanda efectiva). Y de manera inversa del salario real.

El capitalista como el poseedor de los medios de producción y cuyo objeto es la maximización de las ganancias deseará, en la medida de sus posibilidades, manipularlas a su antojo. Adicionalmente, la tasa de ganancia carece de sentido sin el marco institucional que garantice la legitimidad de la apropiación del producto y su libre disposición como mejor le antoje.

  1. Estado y tasa de ganancia

    Los anhelos del capitalista como individuo se hace extensible a la clase capitalista en su conjunto, y estos deseos encuentran en el Estado la herramienta de su realización. A través del Estado la clase capitalista ejerce medidas con el fin de mantener la tasa de ganancia en ocasiones con la opresión directa de la clase obrera o concediendo ante la misma, de acuerdo al cálculo de sus propios intereses. “Nuestra premisa es que el Estado capitalista debe tratar de satisfacer dos funciones básicas y a menudo contradictorias: acumulación y legitimación. Esto significa que el Estado debe intentar mantener o crear las condiciones en las cuales sea posible la acumulación rentable de capital. Además, el Estado debe tratar también de mantener o crear las condiciones necesarias a la armonía social” (O’Connors, 1981, p. 21). Cabe asimismo anotar que dentro de la clase capitalista existen diferencias entre individuos o sectores de la misma, por lo cual el Estado se presenta por encima de intereses particulares y cumple también la función de regular la relación entre los capitalistas y limitar prácticas o comportamientos de corto plazo que afectarían sus intereses en el largo plazo7.

    Adam Smith ya había advertido el poder político que es capaz de lograr la clase burguesa de acuerdo a su situación objetiva dentro de la sociedad. Dos factores le son favorables: primero, su número reducido le permite organizarse con relativa facilidad y ponerse de acuerdo en lo fundamental respecto a sus intereses. Segundo, debido a que permanentemente se encuentra realizando planes y cálculos tiene una mayor agilidad política. “Son personas que habitualmente emplean los mayores capitales, y que con su riqueza atraen la mayor parte de la consideración de los poderes públicos hacia sí. Como toda su vida están ocupados en hacer planes y proyectos, frecuentemente tienen mayor agudeza y talento que la mayor parte de los terratenientes”8 (Smith, 1776, p.326).

    La clase capitalista consciente de sus intereses intenta difundir el discurso de la conciliación de sus intereses con los de la sociedad en general, aún cuando en ocasiones pueden ser contrarios. Reclaman la defensa de sus intereses como la defensa de la sociedad misma. En el aspecto económico enfatiza su discurso en la ecuación “inversión = empleo, demanda, disminución de la pobreza” como justificación para crear y mantener las condiciones óptimas para la realización de la tasa de ganancia sin importar si también corresponde al beneficio de la sociedad. “Gracias a este superior conocimiento de sus propios intereses, frecuentemente se han aprovechado de la generosidad del propietario, induciéndole a renunciar a sus propios intereses y a los generales del país; y ello debido a una convicción simple y honesta: que sus intereses (...) coinciden con el bienestar general (...) Sin embargo, como ejercitan su inteligencia habitualmente en los intereses de su rama particular de los negocios, más bien que en los generales de la sociedad, su dictamen, aun cuando se dé con la mayor buena fe -lo que no siempre ocurre- se inclina más a favor del primero de esos objetivos que del segundo” (Smith, 1776, p.326).

    Finalmente, el Estado capitalista puede tomar diversas formas que va de las más democráticas hasta el fascismo en función de las condiciones históricas concretas para mantener la estabilidad política del sistema y las relaciones sociales desprendidas de la propiedad sobre los medios de producción. Precisamente el fascismo de Italia y Alemania surge ante el auge del movimiento obrero y la sujeción es por la fuerza y no desde el convencimiento del resto de las clases sociales. Un caso opuesto es el de Estados Unidos, en su forma. Desde sus inicios como nación, la forma democrática de Estado se debe a la escasez relativa de la mano de obra respecto al capital y a la tierra que le dio poder de negociación a la clase trabajadora, y por consiguiente, el modelo democrático es el más apropiado para sujetar al trabajador asalariado9. Otro ejemplo claro es el golpe militar sucedido en Chile, patrocinado por las clase capitalista con el fin de mantener sus privilegios ante la amenaza que suponía el gobierno de Allende por las reformas que proponía. Los ejemplos no sobran y el espectro de formas de gobierno son diversas, pero el tipo de Estado guarda su función esencial de protección de la propiedad privada y el mantenimiento de la tasa de ganancia por los medios que sean necesarios.

II.Formas-Estado

Entrando ahora al análisis del Estado en sus manifestaciones concretas, la primera consideración a tomar en cuenta es que éste no ha existido siempre. En el comunismo primitivo el trabajo era apenas suficiente para la supervivencia y en esa medida era imposible establecer un grupo de personas diferenciadas del resto de la sociedad para llevar a cabo procesos de gobierno y coordinación entre los individuos. Estas funciones eran realizadas por los ancianos y tanto la producción como la distribución se realizaban de manera común (Engels, 1884).

Ahora bien, gracias al desarrollo de las fuerzas productivas (desarrollo de la agricultura, domesticación de animales y perfeccionamiento de herramientas), se incrementó la productividad del trabajo y con ello dio lugar a la creación del excedente económico. Bajo estas nuevas condiciones las guerras entre tribus o grupos étnicos no se elimina al derrotado sino que por el contrario se esclaviza con el fin de apropiarse del excedente producido por éste. Se crea entonces la división de la sociedad en clases y su antagonismo, naciendo así el Estado como necesidad de lograr mantener la explotación de una clase por otra por medio de los diferentes aparatos que va del ejército a las leyes mismas. En palabras de Engels:

El Estado es más bien un producto de la sociedad cuando llega a un grado de desarrollo determinado: es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables, que es impotente para conjurar. Pero a fin de que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna, no se devoren a sí mismas y no consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del “orden”. Y ese poder, nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella y se divorcia de ella más y más, es el Estado (...) Como el Estado nació de la necesidad de refrenar los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, nació del conflicto de esas clases, es, por regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que, con ayuda de él, se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la represión y la explotación de la clase oprimida (Engels, 1874, p.334).

El tipo-Estado burgués nace de la estructura social creada por el capital y tiene sus raíces más profundas en la baja Edad Media, nacida en los burgos de las ciudades. La modernidad como subjetividad se constituye en tres grandes momentos que son la Reforma, la Ilustración y la Revolución francesa, tal como lo expusiera Hegel. Con la reforma protestante se forma una nueva ética respecto a la vida y el trabajo. Diferente a la concepción católica (el trabajo como castigo, la condena a la búsqueda de lucro, abandono del egoísmo y estricta sujeción a los gremios), la ética protestante libera al individuo y lo magnifica a través del trabajo y del cálculo de su propio beneficio que es el beneficio de toda la sociedad. Es el individuo quien de manera directa establece su relación con Dios sin necesidad de intermediarios ni instituciones que son por antonomasia opresoras del desarrollo individual. La Ilustración, con todo el acumulado filosófico desde el renacimiento, enaltece la razón como instrumento máximo de conocimiento y valida, por consiguiente, el modo de pensar burgués (cálculo del mayor beneficio, racionalidad de la producción, innovación técnica, etc)10. La Revolución francesa por su parte consolida el poder político burgués y constituye la configuración del Estado moderno en su conocido lema de igualdad, fraternidad y libertad. De lo anterior hay por anotar que la igualdad es entendida ante las leyes pero fundamentadas en la protección de la propiedad privada; la libertad se refiere a la liberación del individuo de las ataduras sociales de la Edad Media; y, la fraternidad se da sobre la base de las nuevas relaciones económicas y sociales basadas en la libre concurrencia.

Un punto adicional antes de continuar consiste en que el Estado no está directamente comandado por la clase burguesa sino que en su lugar existe un cuerpo burocrático que toma las decisiones y las ejecuta. Sin embargo, mirando la composición al interior del Estado, las personas que ocupan los altos cargos están relacionadas con el sector capitalista y en ocasiones son empresarios, banqueros o industriales. Las campañas presidenciales y del parlamento son financiadas por las grandes empresas y los medios de comunicación, pertenecientes al sector capitalista, juegan un papel fundamental en la imagen o descrédito de las figuras públicas.

Por último, para analizar lo concreto, más arriba anotábamos que el Estado cumple dos funciones: acumular y legitimar. Para la primera función existen cinco puntos que caracterizarán a cada Forma-Estado: la extensión de la jornada laboral, la productividad del trabajo, el nivel de acumulación, la demanda efectiva y el salario real. Para la segunda, se utiliza el discurso ideológico y los sistemas políticos cuya naturaleza será determinada por las condiciones históricas dadas.

  1. Forma-Estado del liberalismo clásico

En los escritos de los economistas clásicos la posición frente al Estado ha sido sencilla pero muy consistente en sus argumentos. Para Smith el Estado debe limitarse a tres funciones básicas: proteger las fronteras de agresiones del extranjero, impartir justicia entre los ciudadanos y proveer bienes públicos (principalmente infraestructura) que el mercado por sí mismo es incapaz de realizar ante la ausencia de los incentivos necesarios.

La doctrina del laissez-faire, laissez passer, se corresponde a la situación objetiva de la tasa de ganancia y, por ende, de la acumulación de capital. Una vez liberado en el siglo XIX de las trabas feudales, el capitalismo desarrolla una dinámica propia y boyante, a pesar de las sucesivas crisis y auges. La tasa de ganancia como fundamento de la acumulación era auto sostenible por sí misma y no necesitaba intervención o mejora alguna, es decir, no necesita del Estado, restringiendo al mínimo su participación económica. El capital exige la libertad de movilizar sus inversiones, exige también las condiciones adecuadas en lo que respecta a la seguridad de su inversión y los frutos de ésta (Smith habló de proteger al país de agresiones extranjeras). Necesita la infraestructura en carreteras, puentes, puertos, etc, sin los cuales es imposible la realización de las mercancías producidas en el mercado. Por último, la administración de justicia referida por Smith se relaciona con la protección jurídica de la propiedad privada, pues no tendría sentido acumular, y del cumplimiento de los contratos, sin los cuales harían del proceso de producción muy incierto.

En lo que respecta al proceso de producción y distribución el mercado a través de la conocida mano invisible11 realiza la eficiente creación de la riqueza y su reparto entre las diversas clases componentes del producto y cuya intervención por parte del Estado traería mayores males que fortuna.

Sin embargo, la intervención del Estado se hizo efectiva en este periodo en lo que corresponde a permitir y reforzar la sobreexplotación de la fuerza laboral. Al fundarse la tasa de ganancia en la plusvalía absoluta, la extensión de la jornada laboral se llevó al límite humano y el salario real fue el de sobre vivencia.

    Aparte linderos extremadamente elásticos, la naturaleza del cambio mismo de mercancías no impone límites a la plusvalía. El capitalista sostiene sus derechos como comprador cuando trata de hacer la jornada de trabajo tan larga como sea posible ... Por otra parte... el trabajador sostiene el derecho como vendedor cuando quiere reducir la jornada de trabajo a una duración normal precisa. Hay aquí, por consiguiente, una antinomia, derecho contra derecho, ambos con el sello de la ley de los cambios. Entre derechos iguales la fuerza decide. De aquí que en la historia de la producción capitalista la determinación de lo que es una jornada de trabajo se presente como el resultado de una lucha entre el capital colectivo, es decir, la clase de los capitalistas, y el trabajo colectivo, es decir, la clase obrera (Marx, Capital, I, capítulo X, p.259). (Las cursivas son mías).

    Por otra parte, las principales potencias capitalistas buscaron establecer colonias y mercados con un doble propósito: disminuir costos en las materias primas y bienes salario y garantizar la demanda de la producción.

    La acumulación de capital se caracterizó por la reinversión en el mismo sector productivo como mecanismo de aumentar la oferta y con ésta la ganancia al contar con un mercado aún expansivo.

Una vez establecido sólidamente el Estado burgués se consolida completamente el capitalismo como sistema de producción económica y social. Sin embargo, contrario a las grandes expectativas de una sociedad justa y libre, el siglo XIX constituye la penuria del trabajo. Como consecuencia del proceso de producción y acumulación capitalista el desarrollo de las fuerzas productivas fueron enormes pero de la misma manera los creadores de esa inmensa riqueza, los trabajadores, se veían cada vez más miserables y ajenos al fruto de su trabajo. En este contexto, con importantes repercusiones sociales, surgen los movimientos comunistas y socialistas como reacción –aunque de manera desarticulada y de corto plazo- a las condiciones bajo las cuales se encuentra sometido el trabajador. La confrontación social entre el movimiento obrero y el capital exige la profesionalización de los aparatos represivos del Estado como mecanismo de legitimación, y se entiende entonces el Estado-instrumento expuesto por los primeros marxistas.

  1. Forma-Estado keynesiano del bienestar o del nuevo pacto social

Dos acontecimientos configurarán la aparición del Estado keynesiano del bienestar, uno de ellos es político y el otro es de carácter económico. El primer acontecimiento se relaciona con la Revolución rusa de Octubre de 1917 y el surgimiento del mundo comunista. A partir de aquí cada problema recibe nuevas perspectivas y nuevas dimensiones, pues significa la construcción del primer Estado obrero y se establece una nueva clase obrera liberada. La respuesta del capital consistió en el aislamiento de la URRS (militar, político, económico y diplomático) como también la separación, al interior de los países capitalistas, de la vanguardia del movimiento obrero de sus bases, “cortar el partido de la clase”, a través del taylorismo y el fordismo que introducen la producción en masa y la descalificación de la fuerza de trabajo.

El segundo acontecimiento es el recordado martes negro de 1929 que más que la caída de la bolsa de Nueva York, arrasa con la mitología del mercado y el fin del laissez faire como garantía de la hegemonía burguesa. El capitalismo entra entonces en crisis, pero esta vez la tasa de ganancia es la perjudicada poniendo en riesgo los procesos mismos de acumulación.

Conjugados estos dos acontecimientos se produce un gran impacto sobre la estructura del capital y es Keynes quien logra vislumbrar la nueva situación y propondrá una solución que llegará hasta los años setenta del siglo XX. Consiste en la reconstrucción capitalista sobre la base del descubrimiento del antagonismo obrero/capital y de hacerlo funcionar dentro del Estado con el objeto de evitar su actuación deliberada y autónoma que pondría en peligro al sistema económico mismo (Negri, 1967).

Entonces, lo primero es solucionar ¿cómo bloquear y controlar el impacto de la revolución de Octubre sobre la estructural del capital? Consiste en recuperar la clase obrera como sujeto político. El mecanismo de la plusvalía relativa era insuficiente y ahondaba la crisis y el antagonismo ya que la expansión de la oferta no reconocía la demanda como sujeto efectivo. Implica ello la inconsistencia de la ley de Say que considera al sistema como espontáneo y niega la negación potencial de la clase obrera ante las nuevas circunstancias objetivas. Keynes aparece entonces en escena ante la urgencia de un nuevo equilibrio económico y social (Negri, 1967).

La crítica de Keynes al Tratado de Versalles (1919), posterior a la primera guerra mundial, consiste en que éste traerá aparejados conflictos sociales que pondrían en riesgo la estabilidad política del sistema capitalista. “Si nuestro propósito deliberado es el empobrecimiento de Europa central, me atrevo a predecir que la venganza no se hará esperar. Nada podrá retrasar entonces por mucho tiempo la guerra civil final entre las fuerzas de la reacción y las desesperadas convulsiones de la revolución ante las cuales los horrores de la reciente guerra alemana palidecerán, y destruirá, cualquiera sea el vencedor, la civilización y el progreso de nuestra generación” (Keynes, 1919, p. 251). El llamado de Keynes es a consolidar la economía de Europa central como barrera a la expansión de la URRS y los movimientos obreros al interior de cada país, espantar de Europa el fantasma del comunismo.

En segunda medida, ¿cuál es entonces la situación de la tasa de ganancia y la acumulación del capital después del 29? Es la acumulación de una oferta excedente que reduce el nivel de las inversiones netas, significa la caída de la eficiencia marginal del capital. En los años veinte el alargamiento de la base de la oferta es la reconversión de la industria bélica a través de la innovación y el aumento de la productividad del trabajo que resultó en el aumento de la producción de bienes durables que no se acompañó con un cambio en las relaciones establecidas con la demanda. Las expectativas son la inseguridad y el miedo ante el futuro, el Estado debe defender el presente del futuro según el presente (en el largo plazo todos estamos muertos) con el objeto no de garantizar el hecho sino la certeza del pacto, es la garantía de la demanda y de la inversión.

La teoría de la demanda efectiva busca regular el antagonismo de manera favorable con un aumento sostenido del salario real indexado a la productividad. El paradigma keynesiano consiste en lograr la igualdad entre ahorro e inversión sin pleno empleo, puesto que, con base a la crítica de Say, el mercado no garantiza la actividad suficiente para lograr el pleno empleo. Por lo tanto, la nueva función del Estado consiste en aumentar la demanda agregada, estabilizar los ciclos económicos y suplir el nivel de inversión reorientando el gasto público y la inversión12. La política salarial, los servicios de seguridad social y el sistema impositivo progresivo no originarían siempre el aumento de la inflación y el desempleo sino que coordinados de manera adecuada por el Estado generan el aumento de la producción, la distribución y el empleo (Iranzo, 1999).

En resumen, durante más de un siglo de crecimiento autónomo de la acumulación y donde la tasa de ganancia era autosostenible, el capital ve en el Estado un simple garante de la defensa de su propiedad y de los contratos y como oferente de la infraestructura. Con el ahondamiento de las contradicciones entre producción social y apropiación privada que dieron como resultado procesos como el movimiento del 48, la comuna de París de 1870 y 1879 y de la revolución rusa no queda más camino que el reconocimiento de la clase obrera como sujeto político y de la cual se le debe hacer partícipe de la riqueza por éste creada, no por altruismo o sentido de justicia, sino como manera de garantizar la sostenibilidad política del sistema. Por otra parte, los procesos de concentración y acumulación del capital junto al rezago progresivo de la demanda frente a la oferta devinieron a su vez en la crisis del 29. El sistema, a partir de este momento, no es autosostenible y necesita de su reconfiguración a través de la intervención directa del Estado supliendo las falencias del mercado y asegurando la sostenibilidad de la tasa de ganancia. Nace de esta manera, el Estado del bienestar.

Beveridge (1941) sistematiza las ideas centrales del Estado keynesiano del bienestar en el “Libro Blanco” declarando la beligerancia contra el paro y la implementación de una decidida política de prestaciones sociales. Con Churchill en Inglaterra y Roosevelt en Estados Unidos se consolida el Estado de bienestar con cinco políticas básicas, sustentadas en el abandono de la hipótesis clásica del presupuesto equilibrado y de neutralidad del dinero:

  • Financiación de la seguridad social en reemplazo de los seguros privados.

  • Financiación de la seguridad social de carácter asistencialista.

  • Subvenciones a productos básicos y apoyo a la agricultura.

  • Mantenimiento del poder adquisitivo del salario y de ventajas laborales.

  • Intervención en los fallos de mercado13.

El grueso de las medidas adoptadas tiene como objetivo la complementariedad del salario en salud, alimento y recreación al trabajador y su familia como manera de asegurar la reproducción del trabajo, física y técnicamente, lo que significó un ahorro al capital (Restrepo, 1996).

En este periodo la intervención del Estado sobre la economía se hace de forma directa, proveyendo recursos y servicios. La política industrial se caracteriza por jalonar el crecimiento económico por medio de un sector líder, generalmente asociado a la producción real e intensiva en capital y mano de obra. Ante las nuevas exigencias de reducir la jornada laboral y elevar el salario real, se implementan políticas públicas de ciencia y tecnología con el fin de incrementar la productividad del trabajo. El mercado interno se constituye como el espacio económico de realización, debido al naciente estímulo a la demanda y el rompimiento natural de los lazos comerciales después de la dos guerras mundiales. Los niveles de acumulación y la tasa de rentabilidad se mantuvieron estables y seguros.

C. Forma-Estado del neoliberalismo

A principios de los años setenta se hace evidente la caída de la tasa del crecimiento económico, el aumento de la inflación y del desempleo en Estados Unidos y Europa lo que trajo consigo el aumento de las exigencias del gasto social y el consecuente déficit fiscal. En el periodo de auge de la posguerra (1961-1972) el crecimiento del PIB, excluyendo el choque por petróleo, fue de 4.86% y 3.83% en Europa y Estados Unidos, respectivamente. Mientras que en el periodo 1975 a 1982 el crecimiento del PIB correspondió al 2.66% y el 2.85%. De igual manera la tasa de desempleo aumentó de 2.59% y 4.94% en 1961-1972 a 5.41% y 7.01% entre 1975 y 1982 para Europa y Estados Unidos (Shaikh, 2004).

La interpretación de la ortodoxia económica consistía en que el Estado del bienestar creó un nivel de déficit insostenible para financiar programas de asistencia social y el consumo en detrimento del ahorro y, por ende, de la inversión y del crecimiento en el largo plazo, resultando de ello el estancamiento y el desempleo. Se había consolidado un mercado de trabajo rígido cuya distorsión era el desincentivo para conseguir trabajo creando diferencias entre la oferta y la demanda14.

Sin embargo, el anterior argumenta adolece de un defecto, debido a que los recursos gestionados por el Estado eran aportados por los propios trabajadores y en ocasiones los aportes de aquéllos subsidiaron al conjunto de la sociedad. Por lo tanto, el gasto público a favor del trabajo y de necesidades sociales no pudo ser la causa del déficit fiscal y de la crisis del Estado del bienestar (Shaikh, 2004). Entonces, surge la cuestión de fondo del estancamiento del crecimiento y de ¿porqué, si el Estado de bienestar era autosostenible, se eliminó?

El modelo fordista de acumulación empieza a presentar señales de agotamiento a mediados de los años sesenta. Los aumentos de la productividad son decrecientes15 frente a una composición técnica del capital creciente. Como consecuencia, se reduce la tasa de ganancia y los procesos de acumulación, y concomitante, la capacidad de generar empleos. (Lipietz, 1986). Ahora bien, el aumento del desempleo iba aparejado del incremento de las exigencias de la protección social, pero no así la financiación de tales políticas por el hecho mismo del aumento del desempleo que disminuyó la base gravable y reforzó el déficit fiscal, en un círculo vicioso. Pero esta situación es efecto y no causa del problema (Shaikh, 2004).

Se produjo entonces un desajuste estructural en la relación capital-trabajo. Como los salarios habían sido indexados a la productividad su crecimiento era relativamente rígido en el tiempo, mientras que la tasa de ganancia es más sensible a la caída de la productividad y se redujo significativamente. Se hizo necesario reducir los salarios y en consecuencia el Estado de bienestar perdió la fuente de su financiación. Es decir, significa la reapropiación por parte del capital de los recursos cedidos al trabajador y de los cuales se constituyó el Estado del bienestar para reestablecer la tasa de ganancia afectada en este periodo y que ponía en riesgo la acumulación y el sistema capitalista mismo, instituyéndose una simple transferencia de los ingresos del trabajo al capital (Duménil, Lévy, 2005).

Asimismo, el copamiento de la demanda en el mercado interno de cada economía capitalista, aparejado con el alto nivel de la producción, llevó a la búsqueda de nuevos mercados. De igual manera, los recursos concentrados en forma de dinero no se reinvertían ya en la misma actividad económica u otras afines a la producción real. Siendo ese excedente cada vez mayor, el sistema financiero y la actividad bursátil adquieren mayor preponderancia en la economía. El ejemplo más evidente fueron los petrodólares acumulados por los países productores de petróleo ante los altos precios del crudo en la década de los setenta que ante la necesidad de tener ganancia sobre los mismos –y de los cuales la reinversión en planta genera retornos muy bajos e incluso negativos- fueron captados por la banca internacional que a su vez prestó los dineros sin mayores garantías a países del tercer mundo, dando como resultado final la conocida crisis de la deuda.

Durante los años setenta la tasa de inflación era superior a las tasas de interés; las empresas distribuían pocos dividendos, el nivel de la bolsa corregido por la inflación se redujo a la mitad y se estancó. Es entonces comprensible el efecto sobre la riqueza acumulada en títulos, acciones o dinero. Generalmente los mayores tenedores de estos valores son las clases de mayor ingreso al interior de la sociedad, alrededor del 1% más rico. Conscientes de la disminución vertiginosa de su riqueza influyen políticamente con el fin de establecer una estrategia ideológica-política16 con el fin de reestablecer el status anterior a la crisis del 29, llamada neoliberalismo (Duménil, Lévy, 2005). Inicia a propender por la reducción sistemática de la inflación aduciendo la vieja formulación de la neutralidad del dinero bajo nuevos ropajes, y una serie de medidas con el fin de la desregularización financiera y la protección de sus inversiones. La función del Estado es ahora el agenciamiento de la moneda como validación social de la riqueza (Tobón, 1993).

El neoliberalismo como fundamento de la forma-Estado neoliberal de nuestro tiempo proclama la reforma del Estado en cuatro principios fundamentales (Ahumada, 2002). El primero es el papel positivo de la desigualdad, puesto que la desigualdad permite la acumulación de porciones considerables de la riqueza social que estimula el desarrollo de las empresas, refuerza los mercados de capital e inversión y promueve la competencia.

El segundo principio es la eliminación de la función social del Estado en oposición a políticas redistributivas por considerar que atentan contra la libertad individual. Es bien conocida la discusión dentro del liberalismo clásico de la relación inversa existente entre igualdad y libertad, entre redistribución y libre disposición de la riqueza del individuo. En defensa de la libertad se encuentran John Locke y J. S. Mill y de parte de la igualdad están los escritos de Rousseau quien consideraba que el Estado tenía la obligación de velar por el bienestar general de la población como objetivo principal. De estas dos tendencias, la primera ha resultado victoriosa, como bien lo ha expresado Nozick, la justicia distributiva es producto del libre mercado.

El tercer principio es el papel preponderante del mercado en la asignación de los recursos como única entidad, casi deificada, para tal fin; correspondiendo al Estado la función de ente regulador y no de interventor como sucedía anteriormente. Por último, es la validación del subjetivismo como criterio de verdad. La experiencia del individuo se convierte en la única forma de conocimiento, resultando de ello la soberanía absoluta del individuo ante parámetros externos. De este principio se desarrolló la teoría marginalista a finales del siglo XIX con León Walras, Stanley Jevons y Carl Menger.

El neoliberalismo como “justificación teórica de los poderosos” (Ahumada, 2002) se constituye en el desmantelamiento del Estado de bienestar con el objeto de mantener el nivel de la tasa de ganancia a costa de los ingresos de los trabajadores y de derechos adquiridos17. Es bajo esta lógica (flexibilización laboral, apertura comercial, desregularización financiera, estabilidad macroeconómica, equilibrio fiscal, seguridad, etc.) que se reacomodan por medio de la acción del Estado las condiciones favorables para el sostenimiento de la tasa de ganancia y de la acumulación, independiente del interés general de la sociedad.

Ahora bien, con el colapso económico y social de la Unión Soviética se extingue la amenaza sobre el sistema capitalista y se dispone una agresión política al trabajador con el fin de recuperar el poder político y económico perdido en el llamado pacto keynesiano. Francis Fukuyama proclama el fin de las ideologías como manifiesto apologético del triunfo final del sistema capitalista sobre cualquier otra manera de organizar la producción. Es una victoria pírrica que no reconoce el permanente cambio de la historia, por ello quienes se convierten en amenaza o actúan como actores sociales en resistencia se les denomina como terroristas y pierden su carácter político.

El suceso más relevante es el retorno a la plusvalía absoluta en la relación capital-trabajo como mecanismo de acumulación (Ahumada, 2002). El efecto es el aumento de la jornada laboral y la disminución del salario real. Por lo tanto, han aumentado los niveles de pobreza y concentración de la riqueza que restringen el tamaño del mercado, reforzando las actividades especulativas. Resultado de ello, la concentración y centralización del capital materializado en los procesos de fusiones corporativas y privatización de los activos estatales.

III.Conclusión

El estudio del Estado desde la perspectiva de la economía política implica concebirlo como el producto del desarrollo histórico en continua transformación y, por lo tanto, involucra estudiarlo diferente a un ente natural y estático. Es asimismo muy importante diferenciar la forma de gobierno que adquiere el Estado, o forma-Estado, del tipo-Estado. Este último concepto se refiere a los intereses que representa el Estado y de los cuales, como autoridad aparentemente por encima de la sociedad, hará prevalecer de manera más o menos evidente.

El Estado contemporáneo de finales del siglo XVIII a nuestra época corresponde al tipo-Estado burgués, es decir, una vez alcanzado el poder político por la burguesía en la revolución francesa el Estado en sus fundamentos representa los intereses de la burguesía como clase políticamente dominante y poseedora de los medios de producción. Los intereses de la burguesía como clase se resumen en el mantenimiento de la tasa de ganancia, pues sin ésta, no pondría en movimiento las fuerzas productivas en la producción cuyo objeto es obtener un rédito. Las diferentes formas Estado, analizada en la última sección del presente artículo, es la manera de cómo se conforma en lo concreto estos intereses. En el tipo Estado burgués, y común a las diversas formas de Estado, la primera función del Estado es la jurídico-represiva, indispensable para la protección de la apropiación realizada en el proceso productivo al interior de la sociedad. En esta medida entra el Estado como garante de la propiedad privada, juez imparcial de las querellas propias del capital y administrador de las fuerzas dispuestas a mantener el orden. En segundo término se encuentra la función técnico-administrativa, o económica propiamente dicha, cuya función es la de asegurar la tasa de ganancia en épocas donde ésta por diversos factores disminuya o se vea amenazada, ejecutando políticas de estímulo a la demanda, subsidios directos a ciertos sectores, obras de infraestructura o incluso la apertura de nuevos mercados aun cuando implique la confrontación bélica. No importa el medio, el fin es mantener la tasa de ganancia. Por último, la función ideológica del Estado es la interiorización de la ideología de la burguesía como clase dominante, es decir, intenta hacer permeable al conjunto de la sociedad su manera de ver el mundo e imponer una estructura de valores18 (egoísmo, racionalidad instrumental, ahorro, consumismo, costo/beneficio, maximización, etc.) y de inmacular su imagen como creador de riqueza, generador de empleo, causante del progreso y de cuyos intereses también corresponden a los intereses de la sociedad. Todo con la misión de mantener la tasa de ganancia en lo económico, lo político, lo social y lo ideológico.

Como implicaciones de la existencia de un tipo de Estado que está ocupando, en lo fundamental, de crear las condiciones necesarias para que el capital se pueda acrecentar es la parcialización en el diseño y la aplicación de las políticas públicas que no necesariamente serían a favor del interés general de la sociedad. Por ello, los conflictos sociales y políticos no sólo en nuestro país sino en el mundo globalizado de hoy responde en buena mediada a las contradicciones de los intereses del capital –representados en el Estado- frente a los intereses de los diferentes grupos o clases sociales. Un ejemplo claro son los actuales tratados de libre comercio que responden a la “necesidad de buscar mercados a la producción nacional” sin considerar profundamente su efecto sobre el empleo, la producción campesina, de la pequeña y mediana industria y sobre el medio ambiente.

Por último, gracias a la breve discusión presentada, se desmitifica dos concepciones popularizadas entre los economistas con referencia a la naturaleza del Estado. Primero, la intervención del Estado en la economía siempre ha existido en los diversos periodos; entonces, si el Estado debe intervenir o no, es una discusión vacua. La verdadera discusión es investigar la forma en que el Estado interviene y a favor de qué clase social se realiza. Segundo, aunque en apariencia se hayan dado al interior del Estado “aperturas democráticas” en lo que se refiere a la estructura del Estado, las grandes transformaciones y la naturaleza de las reformas han respondido en su naturaleza al interés del capital y de su relación con el trabajo. El Estado se encuentra bastante lejos de un “dictador benevolente” y por encima de la sociedad.


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1 Oscar Javier Pérez Lora: Estudiante de economía de la Universidad Nacional de Colombia. Dirección electrónica: ojperezl@unal.edu.co.

2 La Nueva Economía Política dentro de la ortodoxia económica estudia aspectos más amplios del Estado y sus relaciones con la sociedad y los grupos de interés, sin embargo, su análisis es bastante limitado debido a que no logra conciliar el Estado que describen con una realidad objetiva fundamentada en los procesos de acumulación y la relación capital-trabajo, concluyendo en voluntarismo. Esta visión supone la estructura de clases como natural y permanente en el tiempo, diferente a la economía política que considera esta estructura de clases como resultado histórico y cuyos componentes son dinámicos en el tiempo, es decir, cambian de acuerdo a ciertas condiciones históricas.

3 Este fenómeno es más evidente en los países subdesarrollados donde algunos economistas han denominado de dualismo estructural. Sin embargo, en los países desarrollados se presenta el mismo fenómeno pero con una característica más urbana y en ocasiones ocultada. Por ejemplo, el huracán Katrina descubrió otro Estados Unidos habitado por la pobreza y la ausencia de políticas estatales claras.

4 Consiste en generalizar al conjunto de las demás clases sociales una serie de percepciones propias de la clase capitalista en lo referente a las cualidades del hombre burgués (razonable, calculador, eficiente, libre de prejuicio ideológico o político y generador de riqueza, empleo y progreso). Asimismo, trata de insertar valores como el egoísmo, la individualidad y un estilo de vida basado en el consumo. Inculca como “ley natural” la coincidencia entre su beneficio con el resto de la sociedad.

5Marx enumera seis causas contrarrestantes de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia: abaratamiento de los elementos del capital constante, aumento de la tasa de explotación, depresión de los salarios, sobrepoblación relativa, comercio exterior y la forma de calcular la tasa de ganancia

6 La palabra plusvalía literalmente significa “más valor” del alemán mehrwert.

7 Se refiere principalmente a las leyes e instancias reguladoras como de comercio, medio ambiente, normas contables y contratos, relaciones salariales y técnicas. El Estad puede perjudicar a una empresa o sector en particular pero su efecto redunda en beneficio del conjunto.

8 Smith hace referencia a los terratenientes debido a que “La Riqueza de las Naciones” es publicada en 1776 cuando el poder del Estado está aún en manos de aquellos y el sistema político se configuraba en el monarca pero controlado por el parlamento de mayoría burguesa.


9 Adicionalmente, implicó desde el principio salarios altos que consolidó el mercado interno norteamericano.

10 Inicialmente la filosofía racionalista concebía la búsqueda del método adecuado para que la razón lograra el conocimiento verdadero del mundo; mientras que la filosofía empirista colocaba a la experiencia como la única forma de lograr el conocimiento. Inmanuel Kant logra conciliar ambas tendencias y junto a Hegel la razón adquiere la dimensión de moralidad y órgano de conocimiento. Sin embargo, con la aparición del positivismo se limita la razón a mero instrumento con el fin de actuar sobre el mundo, pierde su cualidad moral y certera. Es finalmente esta última concepción que caracteriza la llamada “razón instrumental” burguesa.

11 La mano invisible hace referencia al proceso económico por leyes de carácter natural que si se dejan actuar libremente llevan a la sociedad al mejor estadio posible de bienestar. Esta concepción es producto de la gran fascinación que ejerce la física newtoniana en el estudio de la sociedad y que por tanto la concibe como una máquina en armonía.

12 Podríamos decir que es una “Ley de Say artificial” donde el sector público, incluyendo la industria militar, garantizara que toda oferta encontrará su propia demanda; así sea necesario abrir un hueco y volver a taparlo.

13 En los años cincuenta Paul Samuelson construye la fundamentación microeconómica del gasto público con el estudio de los bienes públicos, bienes preferentes y externalidades con el fin de viabilizar esta nueva función.

14 También se arguye el efecto de la crisis petrolera de 1973, pero es equivocado explicar una situación estructural con eventos de carácter coyuntural. Si bien es cierto el impacto negativo que tuvo la crisis sobre el crecimiento y la inflación, esta coyuntura se constituyó como un detonante del problema estructural que tarde o temprano se hubiera manifestado. Actualmente el precio del barril de petróleo está por encima de los US$ 70 y no se presenta una recesión considerable como se esperaría si se atañe a esta hipótesis.

15 Se refiere a la tasa de crecimiento de la productividad, puesto que la productividad en términos absolutos ha alcanzado mantiene un nivel muy alto.

16 Políticamente, el periodo neoliberal inicia con Margaret Thatcher en Inglaterra y Ronald Reagan en Estados Unidos a principios de la década de los setenta. Este modelo se haría posteriormente extensible a la gran mayoría de los países en pocas décadas.


17 Paul Krugman testimonia este hecho en un artículo titulado “Perdiendo a mi país”, publicado en El Espectador de la semana del 12 al 18 de junio de 2005: «Las familias trabajadoras no han visto progreso durante los últimos 30 años. Ajustado por inflación, el ingreso medio de una familia media se duplicó entre el 1947 y 1973. Pero creció apenas un 22% de 1973 a 2003, mucha de esa ganancia fue el resultado de la entrada de las esposas a las fuerza laboral pagada o de trabajar más horas, mas no de un incremento de los salarios.

Entre tanto, la seguridad económica es un asunto del pasado: las fluctuaciones año a año del ingreso de las familias trabajadoras son de lejos de lo que era una generación atrás. Todo lo que toma es un poco de mala suerte en el empleo o la salud para que una familia que parece sólida en la clase media, se desplome a la pobreza.

Pero a los ricos les ha ido muy bien. Desde 1973, el ingreso promedio de 1% de los estadounidenses en el tope de la escala se ha duplicado, y el 0.1% en la cima se ha triplicado»


18 La invasión de Irak, además del interés económico, presupone el establecimiento de sistemas políticos y legales acordes a la visión occidental (libre empresa, elecciones democráticas, libertades individuales y de género, urbanización, consumo, etc.)

Resumen: La presente ponencia analiza el problema del Desarrollo económico como anhelo social de alcanzar la felicidad, y de cómo las diversas estrategias para obtener aquél parten de ciertas concepciones de aquélla. Los discursos políticos –tanto de izquierda como de derecha-, el objeto de la política económica y hasta en las conversaciones de la calle, se plantea el Desarrollo como un estado ideal que la sociedad debe alcanzar; sin embargo, poco se entiende del mismo y no se cuestiona su benevolencia. Pues bien, se intenta descubrir el verdadero significado y razón de ser del mismo.

A partir de un examen de la evolución del concepto de felicidad y de cómo alcanzarla dentro de la tradición judeocristiana, se explica la naturaleza y estrategias del Desarrollo que ha sido impuesto en la actualidad como fruto de un proceso histórico que va del establecimiento del cristianismo en la alta Edad Media hasta la consolidación del capitalismo moderno. En particular, se establece un estudio de la filosofía utilitarista como parte de esta tradición y su impacto sobre el pensamiento económico actual que asocia el Desarrollo como equivalente del crecimiento económico. Asimismo, en contraposición a la tradición judeocristiana se expone la filosofía epicureísta -fuertemente influenciada por el pensamiento oriental y anterior al establecimiento del cristianismo como religión dominante- como alternativa de comprender el significado de felicidad y proponer alternativas de Desarrollo.

Por tanto, se diferencian dos tradiciones claras y diferenciadas respecto a la manera de cómo alcanzar la felicidad. De manera crítica, se concluye que el actual paradigma del Desarrollo, tal y como ha sido concebido genera contradicciones de orden social, económico, ambiental y al interior del individuo. Es necesario, por tanto, una nueva definición del Desarrollo económico en aras de buscar alternativas coherentes con el anhelo de felicidad.



Palabras clave: Desarrollo económico, ética, felicidad, Pensamiento económico, historia económica







DEL CONCEPTO DE DESARROLLO COMO REALIZACION DE LA FELICIDAD HUMANA: UNA REFORMULACION DESDE LA FILOSOFIA EPICUREISTA




-Introducción. –I. La Tradición judeocristiana. –II. Filosfía moral y utilitarismo –III. Visión moderna del desarrollo económico. -IV. Visión alternativa de la felicidad: el epicureismo. –V. Enfoque alternativo del desarrollo. –VI. Conclusión. –Bibliografía.


Introducción

El problema del desarrollo económico ocupa un lugar central al interior de la discusión económica y política de la historia contemporánea. Es así como los discursos políticos -tanto de izquierda como de derecha- reinvindican la necesidad de colocar ingentes esfuerzos con objeto de lograr un alto crecimiento económico, entre más alto mejor, y con ello, se supone, dar vía al desarrollo económico. Es pues, un bien que la sociedad debe satifaserce.

Sin embargo, y a pesar de enormes esfuerzos financieros, institucionales, humanos y académicos, las dos terceras partes del planeta se consideran “sub-desarrolladas” y al igual que en el inicio del capitalismo, sólo un grupo reducido de naciones son “desarrolladas”. Este “desarrollo” ha traído como consecuencia la destrucción acelerada del medio ambiente y la subsistencia de conflictos sociales y armados. Ni hablar del problema humano: drogadicción, alcholismo, estrés, fanatismo religioso, etc. ¿Cuál es la dificultad? ¿Acaso aún falta recorrer el camino ya trazado al desarrollo prometido?¿O tal vez el camino elegido es errado?

Cuando se habla de desarrollo o crecimiento económico vienen a la mente conceptos como empleo, riqueza, bienestar o paz. Se da por supuesto que es mejor tener empleo que no, es mejor ser rico que pobre o que es preferible la paz que la guerra. Entonces, ¿qué define entre estos contrarios lo deseable? Es decir, ¿qué define que se prefiera un escenario con “desarrollo” a uno con “sub-desarrollo? La respuesta dada por la economía se fundamenta en el utilitarismo: lo indeseable es aquello que nos produce sufrimiento, dolor e infelicidad; por el contrario, lo deseable es todo lo que nos provee la felicidad.

El desarrollo se concibe entonces como la manera de lograr aquel estado de cosas en que, por decirlo de alguna manera, se maximice la felicidad de los individuos. El objetivo a lograr es claro; no obstante, es importante notar que las palabras “desarrollo” y “felicidad” carecen de sentido propio. Son palabras abstractas sin una definición clara. Pues bien, la presente ponencia intenta desentrañar el significado de felicidad -enmarcada en la tradición judeocristiana que ha dominado el pensamiento occidental desde hace poco más de dos mil años- y su relación con lo que los economistas entienden por desarrollo y que generalmente ha sido asumido con el crecimiento económico.

Baste decir que la felicidad es un estado mental de bienestar que se conoce por intuición pero que no es posible materializar o siquiera definir. Es innegable que todos la concebimos y la buscamos de alguna forma.

El verdadero problema a tratar es ¿cómo alcanzar la felicidad? De acuerdo a cierta respuesta en particular, se genera una visión del mundo y un derrotero ético de comportamiento colectivo e individual. Se destacan en la ponencia dos tradiciones claras, la judeocristiana y la epicúrea, cada una de las cuales involucra una visión diferente de desarrollo humano, social y económico. Sin discusión, la tradición dominante es la judeocristiana.

A pesar de la formalización, en ocasiones excesiva, de la ciencia económica, ésta encierra un problema ético (del griego ethos, ‘comportamiento’ o ‘costumbre’) en la medida en que se intenta descubrir los principios o pautas del comportamiento humano en concordancia con lo ‘bueno’ o ‘deseable’.

¿Pero cómo se establece que determinada acción sea ‘buena’ o ‘mala’? Existen dos principios éticos, el primero considera algunos tipos de conducta como buenos en sí mismos, mientras que el segundo se refiere a conductas buenas en la medida en que se adaptan a un modelo moral concreto o a un bien superior –un summum bonum-. De ellos, se desprende tres modelos básicos de conducta en función al “bien más elevado”: el placer o la felicidad, el deber (virtud) y la perfección humana1. Todas ellas se fundamentan en la realización de la naturaleza humana, pero el debate entre aquéllas se encuentra en ¿cuál es esa naturaleza humana?

La autoridad invocada para determinar una buena conducta puede ser con base en la voluntad de una deidad (obediencia a mandamientos divinos o textos sagrados), el modelo de la naturaleza (conformidad con la cualidades atribuidas a la naturaleza) y, por último, se puede basar en la razón, donde la conducta es dominada por el pensamiento racional. El dominio de una u otra autoridad depende del marco histórico y social en particular.

La necesidad de lo ético nace de la condición particular de vida del ser humano. A diferencia del resto de animales que habitan la tierra, el hombre se caracteriza por una infancia relativamente larga, en donde necesita completa asistencia con el fin de obtener alimento, morada y refugio de los depredadores. Carece también de contextura física –dientes, velocidad, fuerza- que le permita cazar presas o defenderse por sus propios medios. En resumen, el ser humano como individuo es completamente inútil en un medio adverso; su supervivencia es posible únicamente dentro de la colectividad. En esta medida, la colectividad como un todo regula la conducta individual con objeto de compatibilizarla con el bien común. Seguramente por ello la totalidad de las culturas a través de la historia consideran el robo como una conducta ‘mala’ y digna de castigo2, pues si se convierte en una conducta generalizada no habría quién produzca, poniendo en riesgo la reproducción material de la colectividad, y al final, no habría ni qué robar3.

En consecuencia, la ética existe porque existe el otro. En el pensamiento económico se reconoce la dimensión ética de la economía que escapa a un núcleo duro de la teoría4 (González, 2003). Así, Smith en su Teoría de los sentimientos morales (1759) reconoce la importancia de los sentimientos morales (simpatía, prudencia y magnanimidad) en la sociedad ideal, más que en el individuo egoísta. Bentham (1776) expone su axioma fundamental de la mayor felicidad para el mayor número. Edgeworth (1881) expone un egoísmo cruzado con algunos sentimientos de simpatía, con objeto de elegir entre diferentes óptimos de Pareto, decisión que escapa a la elección individual.

Veblen (1899; 1904) estudia el consumo conspicuo como socialmente determinado y de la envidia en la formación de preferencias como un sentimiento especial de simpatía (ponerse en el zapato deseado del otro). Commons muestra por una parte que las decisiones individuales están en función de las instituciones como reglas formales y no formales, “personalidad institucionalizada” y, por otra parte, la limitación de la racionalidad estrecha –completa y transitiva- para elegir socialmente un óptimo de Pareto.

Asimismo, Keynes (1936) pone de relieve el problema político de la inclusión social por medio de la demanda agregada. Arrow (1951), artífice de la teoría del equilibrio general, formula el Teorema de la Imposibilidad en donde los individuos conciben de manera distinta las relaciones entre medios y fines y, por tanto, no es posible conciliar preferencias individuales con preferencias sociales. La elección social no puede ser analizada con las herramientas usadas en la elección individual. Además, existen bienes como la salud o la educación que por su naturaleza escapa del análisis de mercado.

A partir de la segunda mitad del siglo pasado la reflexión giró en torno a la manera de cómo volver compatible la elección individual con la colectiva, dadas las conclusiones de Arrow. Así, Vickrey (1945) y Rawls (1971) incorporan un “velo de ignorancia” en la curva de utilidad de los individuos con objeto de decidir entre mundos alternativos sin que éstos conozcan su suerte. Buchanan y Tullock (1962) establecen la armonía entre lo individual y lo colectivo por medio de la negociación y acuerdos políticos. Olson (1965) expone la tensión permanente entre el interés individual y el colectivo, como por ejemplo, el oligopolio (González, 2003).

De esta manera, Robinson Crouse se nos presenta como una metáfora pueril de perfecta coincidencia entre el individuo con otros individuos5. Se establece, por el contrario, la realidad de la colectividad y la necesidad del otro, el problema ético.

En conclusión, la ciencia económica tiene una finalidad ética que escapa de la formalización para entrar al terreno de la reflexión filosófica –la economía sería una ciencia humanamente más valiosa si en ella hubiesen concurrido más filósofos y menos matemáticos-. Desafortunadamente la influencia del positivismo fue muy marcado en la teoría económica dominante. Se tachó de metafísica la pregunta “¿Para qué?” y se eliminó el problema ético del escenario analítico.

La ponencia se divide en seis secciones además de la presente introducción. En la primera sección se analiza a modo general la estructura mental de occidente como cultura dominante y su concepción de felicidad derivada del judeocristianismo. Esta concepción permanece en el pensamiento laico y se proyecta a la ciencia económica a través de la filosofía moral y el utilitarismo, problema abordado en la segunda sección. En la tercera sección se logra comprender la concepción occidental del desarrollo, cuyas raíces más profundas están en el judeocristianismo. En la cuarta y quinta sección se explora la tradición epicúrea que a juicio del autor establece los cimientos filosóficos de un nuevo desarrollo económico justo y respetuoso del medio ambiente. Finalmente, se plantean las conclusiones con el fin de enriquecer el debate en un país urgido de soluciones.

  1. La tradición judeocristiana

El judaísmo como religión implica una visión del mundo en función a unos presupuestos esenciales respecto a Dios, la creación y funcionamiento del mundo y el papel o lugar que juega el hombre en el cosmos y su relación con Dios. El primer elemento claro es su concepción monoteísta, es decir, la existencia de un solo Dios omnipotente y omnisciente, creador de todo lo existente, principio y fin. El mundo creado se rige por una serie de reglas, principios y leyes impuestas por aquel Dios (Logos), mas no por la intervención directa en éste. La relación de Dios con el mundo es análoga a la relación del relojero respecto al reloj, lo crea, genera los mecanismos de su funcionamiento pero como tal, el mundo guarda cierta independencia de su creador. Por tanto, existe una diferencia jerarquizada entre Dios, el hombre como hijo y de la naturaleza como creación y propiedad.

Para el judaísmo el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y ha sido puesto como hijo -si nos remitimos al Antiguo Testamento, Yahvé (“Yo soy el que es”, es decir, lo que existe de una forma absoluta) es presentado como padre-. Esta ‘imagen y semejanza’ supone un componente divino en el hombre que se expresa en el libre albedrío y en su facultad inteligible respecto al mundo y a Dios. La creación perfecta (paraíso) ha sido otorgado a la humanidad, sin embargo, ante la traición, Adam y Eva son expulsados y condenados por Dios a “ganarse el pan con el sudor de su frente”. Aún así, no son completamente desamparados y se les concede cierta propiedad sobre el mundo. De esta manera, el hombre como hijo de Dios, aunque pecador, es dueño de la creación para disponerla en función a su subsistencia. Es decir, de la creación de Dios se diferencia el hombre –creado a imagen y semejanza suya- del resto de criaturas, plantas y objetos inanimados. Se configura una jerarquización estricta donde el hombre pasa a ser su poseedor casi absoluto.

Asimismo, el Torá, o Antiguo Testamento para los cristianos, posee una estructura temporal que discurre de un principio único que posibilita la existencia del mundo -“En un principio”- a una serie de sucesos que culminan con la llegada del Mesías (del hebreo mashiaj, ‘el ungido’) como enviado de Dios para liberar al pueblo de Israel e implantar el Reino de Dios.

Por otra parte, el cristianismo nace en el siglo I como consecuencia de las enseñanzas de Jesús. En un principio, no existía una diferencia marcada entre judíos y seguidores de Jesús, recordando que los primeros cristiano fueron judíos. El cisma se produce después del año 135 d.c. ante la disolución del concilio rabínico.

El cristianismo como una nueva religión en expansión es heredera de la visión judía descrita anteriormente y guarda tales presupuestos. La diferencia central radica en la aceptación de Jesús como hijo de Dios por parte de los cristianos, mientras que los judíos niegan tal aseveración. Existen igualmente diferencias importantes en lo que respecta a la concepción del Dios judío –símbolo de autoridad, poder y venganza- del Dios cristiano –enseñanza de sacrificio, amor y perdón-, ritos particulares y otros tópicos. No obstante, guardan una estructura de pensamiento que ha sido transmitida a través de la historia. Es decir, el judeocristianismo es el principal determinante del pensamiento en occidente, tanto religioso como laico.

El mundo grecorromano jugó también un importante papel en la estructura ideológica de occidente. El mediterráneo durante la antigüedad significó el centro político, económico y cultural de diferentes pueblos circunscritos a su órbita. En el siglo V Grecia era el límite entre Europa y Asia que durante mucho tiempo resistió los intentos de expansión del imperio Persa. Alejandro Magno (356-323 a.c.) logró unificar la dividida Grecia y avanzar sobre oriente hasta lindar con India, dando lugar al periodo conocido como Helenístico que fundió y mezcló las diferentes culturas orientales con la griega. Posteriormente, el Imperio Romano conquistaría el mundo heleno y se fascinaría de esta rica cultura y es a su vez conquistado. Tal como lo expresara el poeta romano Horacio: “Greace capta ferum, victorem cepit –el bárbaro conquistador ha sido conquistado-”.

De la filosofía griega, el cristianismo retoma el dualismo de Platón; es decir, un mundo perfecto e inmutable, el de las ideas, y un mundo material, imperfecto y perecedero. De esta manera se profundiza la fractura judía entre Dios y el hombre con la naturaleza.

Una vez el Imperio Romano logra su auge y unifica el mediterráneo y oriente próximo, sirve de cuna para la expansión del cristianismo, el cual recoge el acumulado cultural del mundo grecorromano.

En resumen, se concluyen cinco características importantes que determinarán el pensamiento occidental:

  1. Concepción lineal del tiempo

  2. Ruptura y jerarquización hombre-naturaleza

  3. Dualismo platónico

  4. El Trabajo como castigo

  5. Relación hombre-Dios basada en la autoridad

Gracias al proceso globalizador del Imperio Romano confluyeron en una nueva cultura el judaísmo, el pensamiento grecorromano, los pueblos de oriente próximo y el mediterráneo y proyectada a través del cristianismo en el futuro europeo. De lo que sigue, se muestra la evolución de este pensamiento hasta nuestros días y su relación con el desarrollo económico.

  1. Edad Media y felicidad

Luego de la caída del Imperio Romano Europa quedó fragmentada en feudos y confinada a su propia geografía. La iglesia católica se convirtió no sólo en el poder religioso, sino que también político, económico y cultural.

El aspecto más importante por resaltar es el tema de la salvación eterna. Jesucristo se había sacrificado con el ánimo de redimir a la humanidad de todos sus pecados y, hasta cierto punto, el ethos medieval giró entorno a cómo alcanzar la salvación. Aparte de posiciones extremas que consideraban la predestinación como la manera en que Dios ya había determinado de antemano quién sería salvado y quién no (San Agustín, Martín Lutero y Calvinistas), el hombre poseía libre albedrío y era responsable de sus actos. Es el individuo, por tanto, el agente de su propia salvación y como tal, poseía las facultades para lograrlo.

Ahora bien, la salvación se convirtió en una promesa de felicidad eterna a cambio de sacrificios y obediencia en el mundo terrenal. Aún así, si el hombre lleva una vida espiritual durante su vida es recompensado con la felicidad que significa la comunión con Dios. El punto importante por resaltar es el cómo alcanzar esta felicidad prometida. Es decir, la felicidad se configura como algo que le viene de afuera al individuo y que éste, por sus propios medios, debe alcanzar. Esta no es connatural al individuo ni es propio del alma humana sino que es proveída, en este caso, por un ser supremo.

San Agustín, influenciado por Aristóteles, asocia la felicidad con la sabiduría, como “posesión de lo verdadero absoluto, de Dios”. San Buenaventura define la felicidad como el punto final del camino que lleva a Dios. Para Santo Tomás es “un bien perfecto de naturaleza intelectual” que no es consustancial al alma, sino algo que se recibe desde fuera. Por ello, está ligado a un bien supremo. Finalmente, Boecio declara que es el “estado en el cual todos los bienes se hallan juntos” y no existe, por tanto, felicidad sin la posesión de éstos.

  1. Renacimiento y antropocentrismo

Desde alrededor del siglo XII y XIII se venía generando el asenso del comercio que gradualmente fue uniendo nuevamente a Europa, tanto al interior como con otras regiones del mundo conocido. La Liga Hanseática (1158) fue creada como una agrupación de los comerciantes alemanes de la región norte de la actual Alemania, Países Bajos e Inglaterra. Esta surgió gracias al surgimiento de las primeras ciudades libres y la necesidad de asegurar los intereses de estos comerciantes, en lo referente a seguridad y rutas comerciales. Esta liga es un punto de referencia del inicio de los posteriores cambios económicos y culturales de Europa.

El Renacimiento, siglo XIV al XVI, constituye un renovado interés por el mundo grecorromano clásico y en especial por su arte. Constituyó el establecimiento de instituciones políticas centralizadas y el desarrollo de una economía urbana y mercantil. El Renacimiento significó el “descubrimiento del mundo y del hombre”, aunque no significó una ruptura absoluta con la tradición medieval como normalmente se cree, pues los adelantos filosóficos, artísticos y políticos estuvieron sobre la base de la tradición escolástica, el estudio y preservación de textos antiguos en los monasterios y las obras de Tomás de Aquino, Juan Escoto y Guillermo de Ockham.

La rompimiento con el medioevo parte de una reconsideración de la narrativa histórica que estaban escritas de forma secular por autores como Leonardo Bruno, Nicolás Maquiavelo, Jean Bodin y Francesco Guicciardini. De la historia cristina -creación, encarnación de Jesús y Juicio final- centrada en la divinidad, la historia renacentista inicia con la antigüedad, continuaba con la Edad Media y finalizaba con la edad de oro o renacimiento. El eje de gravitación lo constituye el humanismo, el cual ratificaba la capacidad de la persona humana de hallar la verdad y practicar el bien; tenía por objetivo crear seres humanos libres y civilizados, personas de gusto y juicio, en suma, ciudadanos.

El derecho Romano sufre una reinterpretación filológica e histórica donde revalidaron la proposición medieval de que la libertad, el derecho y la justicia como el principal objetivo de la vida política.

De lo anterior, el quiebre más importante del Renacimiento, el cual cambiará radicalmente el pensamiento occidental, fue la transformación de la relación del hombre respecto a Dios: se pasa del teocentrismo al antropocentrismo. El hombre ocupa ahora el lugar por el que todo lo demás gira y adquiere sentido. El hombre tiene el derecho connatural de poseer la creación de Dios, la naturaleza le pertenece para suplir sus necesidades y deseos. Si antes mediaba una relación de autoridad, en el Renacimiento es imperativo el libre albedrío y la autonomía humana para decidir su propio destino.

Por tanto, la concepción de felicidad cambia radicalmente, ya no es la vida eterna ni la comunión con Dios la que nos asegura la felicidad sino la realización del hombre en la tierra; es decir, buscar la felicidad en el más acá como conclusión del desarrollo de todas las capacidades espirituales, intelectuales y artísticas del hombre.

C.Ascenso del capitalismo

El periodo del Renacimiento representa la antesala de la etapa comercial y del pensamiento mercantilista que iría del siglo XVI al siglo XVIII. Con la creación del estado moderno, centralizado y nacional, se garantiza el surgimiento del poder económico de los comerciantes y de la naciente burguesía.

Se impone una nueva relación del hombre con el cosmos tras la revolución copernicana que se impone sobre el modelo de Tolomeo y la física clásica de Newton. Ahora la tierra no es el centro del universo y la naturaleza se rige por leyes racionales, fijas y predecibles (mecanicismo), perdiendo así la ilusión de libertad y espontaneidad. La dificultad se encuentra al aplicarlo al terreno humano, contradiciendo las libertades y autonomía que había conseguido tras irse liberando paulatinamente de las trabas feudales a través del comercio y las ciudades libres.

La filosofía moderna gira en torno al intento de conciliar el determinismo natural con el libre albedrío humano (Maya, 2001). Por esta vía, se consolida una manera particular de concebir la felicidad, el modo de alcanzarla y el papel que juega el individuo.

René Descartes (1596-1650) como fundador de la filosofía moderna es quien primero trata el tema y hasta cierto punto define los derroteros posteriores de la investigación filosófica y social. Su respuesta es dada desde un platonismo moderno, con ciertos límites por el temor a la represión política de la Iglesia, pues para aquel tiempo Galileo ya había sido preso por ir en contra de las enseñanzas de la Iglesia. La imposibilidad de dar una respuesta convincente del enigma del hombre al interior de la naturaleza lleva a Descartes a dividir nuevamente el hombre: un cuerpo sometido a las leyes de la naturaleza versus un espíritu inmanente. El problema se presenta al tratar de determinar cómo se articula el mundo material con el espiritual.

Para Baruch Spinoza (1632-1677), filósofo y teólogo holandés, el espíritu gira en un plano paralelo a la materia, pero sincronizada a ésta por leyes divinas. Es el máximo representante del panteísmo occidental, doctrina que identifica el universo (del griego pan, todo) y Dios (theos), contraria a la creencia ortodoxa que hemos estudiado de que la realidad de Dios es de alguna manera externa a la realidad del mundo. Se deshace del platonismo cristiano, planteando que el “hombre pertenece él y por derecho propio a la naturaleza y, por tanto, hay que construir una ética que responda a las leyes de la naturaleza” (citado de Maya, 2001, p. 2).

El concepto de Dios desarrollado por Spinoza se aleja de su versión como creador, trascendente, benévolo y libre, a un “Dios racional” sujeto a leyes. El mundo surge por necesidad y responde a un ordenamiento racional. Es Dios, por tanto, parte del mundo natural.

Llegamos a este punto a Immanuel Kant (1724-1804), considerado el pensador más influyente de la modernidad, sentará las bases sobre las cuales se forma el pensamiento económico moderno. Su principal deseo es rescatar al hombre del determinismo natural de Spinoza y regresar a la doctrina platónica, conservando de esta mantener la libertad y dignidad del hombre. Con Kant nace la sociedad laica y moderna (Maya, 2001).

El objeto de la filosofía kantiana es conciliar el mundo físico –determinístico- y la razón, la moral y la libertad. Parte de considerar una separación esencial entre ambos mundos siendo necesario llevar un estudio del hombre por separado. Es necesario recordar que tras el triunfo del sistema copernicano el hombre dejó ser el centro de la creación para convertirse en un ente periférico y sin importancia trascendental. Lo único que distinguía al hombre del resto del universo es la razón y la libertad.

La batalla de Kant se libró en la búsqueda del equilibrio entre las corrientes al final de la Ilustración: el empirismo y el racionalismo. El primer objetivo es rescatar la ciencia del escepticismo, del mundo como un conjunto de causalidades seguras y determinísticas. En segundo lugar, eliminar por otra parte el absolutismo dogmático, fruto de una razón extralimitada que pretende alcanzar el conocimiento de realidades trascendentales como Dios, el alma inmortal o la libertad. El equilibrio consiste en justificar el método científico para no caer en un “materialismo sin alma”, pero tampoco “perderse en fantaseando en el espiritualismo”.

El criticismo kantiano es, por tanto, el rescate de la razón misma, ajustándola en el punto medio entre dogmatismo y relativismo escéptico, entre determinismo y libertinaje.

El capitalismo ascendente acababa de romper los lazos feudales, y esta nueva sociedad reclama por medio de Kant la libertad de acción y decisión, tanto política como económica, y de un nuevo ethos basado en el individuo que lo facultara para convivir con otros individuos que al buscar su propio interés no colocara en riesgo la convivencia social misma. De ahí se deriva el imperativo categórico, como principio de la acción moral, de que no hagas a los demás lo que no quisieras que los demás te hicieran a ti. Lo que ha triunfado en lo económico y lo político, no puede perder en lo filosófico.

Son Dios, el alma inmortal y la libertad la “tríada sagrada” cuya existencia o esencia no puede ser conocida por la razón especulativa o la sensibilidad, sino por medio de la razón práctica como hipótesis o idea. Ninguna de ellas se encuentra al interior de los fenómenos, y son sólo hipótesis exigidas por el imperativo moral (Maya, 2001). La libertad es un principio absoluto de autonomía, es decir, el hombre escapa a las contingencias del mundo natural y construye su propio orden autónomo. De esta manera, se profundiza el dualismo platónico y el hombre se convierte en un ser trascendente, dotado de un principio soberano y autónomo de acción en donde no aplican las leyes naturales. El orden moral se construye sobre la libertad como único fundamento y limpio de naturaleza.

Ahora bien, la existencia de la libertad y ese orden moral autónomo implica la existencia de un alma inmortal como principio de acción independiente del cuerpo del cual queda reducido a “un instrumento de fin sensible y animal”. Así, hay una tercera hipótesis trascendental: la existencia de Dios como sustento del alma humana. El Dios kantiano, y también moderno, existe en la mente humana como “idea” y no tiene el derecho ni la facultad de entrometerse en el pensamiento y destino del hombre. En conclusión, la razón debe limitarse al conocimiento científico como reino autónomo de toda injerencia teleológica o esencialista. El estudio se circunscribe a un mundo fenomenológico que se encadenan en series infinitas y donde es imposible encontrar la causa primera.

El hombre es un ser racional, responde a un imperativo categórico y responden a un fin en sí mismos. Es el único digno de consideración, es sujeto y objeto de derecho. Kant distingue entre persona y cosa. Las cosas solamente tienen valor relativo, puesto que son medios para los objetivos del hombre. En resumen, el hombre no tiene ningún deber hacia cualquier otro ser más que hacia sí mismo.

  1. Filosofía moral y utilitarismo

Recapitulando, la visión judeocristiana a determinado la estructura mental de occidente. Sin importar si se trata respecto al pensamiento laico o religioso, se guarda una arquitectura básica que comparte tanto los físicos, los biólogos o los economistas. Esta arquitectura se compone de unos presupuestos básicos que determinan la manera de abordar y conocer el mundo. Así, y salvando obvias diferencias, esta arquitectura responde a una visión del tiempo lineal, un único Dios creador pero hasta cierto punto ausente, un individuo responsable de sus actos, una profunda ruptura entre el hombre y la naturaleza y una visión de la felicidad como la consecución de un bien externo del cual debemos proveernos.

Ahora bien, luego del Renacimiento hasta llegar a Kant, se consolida la modernidad cuyos pilares son la confianza en la razón, la fe en el progreso y el mejoramiento continuo de la sociedad del hombre a través de la ciencia –dominio de la naturaleza- en un discurrir lineal y progresivo.

  1. Hegemonía del capitalismo y utilitarismo

A partir del siglo XVII la burguesía como clase ascendente toma el poder político (revolución francesa), el poder económico (revolución industrial) y el poder intelectual e ideológico (ilustración y filosofía clásica alemana) de la sociedad europea. De esta manera se desarrolla plenamente el capitalismo como modo de producción dominante.

El siglo XVIII es la cumbre del proceso histórico iniciado desde el siglo XII que consolida una sociedad liberal, opulenta como ninguna otra y basada en el propio beneficio. En el terreno de las ideas, se da la batalla por la defensa de tales paradigmas conquistados, como la defensa de la ciencia como instrumento de dominación (tecnología), pero que carece del anhelo de comprender el orden natural.

En este contexto surge el positivismo en el siglo XIX como corriente filosófica que enfatiza que el único conocimiento verdadero es posible por medio de los sentidos. Esta postura filosófica es una derivación de las conclusiones del sistema de Kant, las cuales dividían el mundo en dos: el noúmeno y el fenómeno, la cosa en sí y la cosa para mí, siendo la segunda la única con posibilidad de ser conocida, la primera es simple metafísica.

Derivado del optimismo despertado por los grandes avances realizados en física durante los siglos XVII y XVIII, el positivismo pretendió extender el método a las ciencias del hombre, una especie de “física social”, tal como lo postuló August Comte (1798-1857). La cientificidad gira en torno al descubrimiento de leyes causales y de su efecto sobre los hechos; la ciencia asegura para la humanidad la solución de todos sus problemas encaminando la sociedad al progreso, el bienestar y la solidaridad (Reale, 1992).

Todos los elementos están listos para dar paso al utilitarismo: existe una concepción de la ciencia, el hombre y la naturaleza propicia al capitalismo que ya hemos abordado. Los supuestos básicos son el individualismo metodológico como la manera en que cada quien es autónomo y define sus propios intereses, y la racionalidad como facultad de ordenar preferencias, fijar objetivos y elegir los medios más adecuados (Colomer, 1987).

Si bien Kant -como nacimiento de la modernidad derivada de la tradición judeocristiana- coloca la piedra sobre la cual se construye el andamiaje intelectual posterior, existen ciertas rompimientos importantes que acomodarán las ideas al modelo capitalista, ya desarrollado a plenitud. Por ejemplo, la moral hasta Kant había girado en la necesidad de encontrar una ley moral absoluta que gobernara las acciones del hombre. El utilitarismo cambia radicalmente a una ética que busca la felicidad terrena y mundana.

De esta manera, el escepticismo crítico de David Hume sirve de primer origen al utilitarismo. Hume cuestiona la posibilidad de conocer algo por fuera de la experiencia y que incluso ésta se basa en la percepción subjetiva de cada quien. Asimismo, la moral, diferente a la revelación de verdades categóricas o inmutables, como una cuestión de sentimientos humanos, personales y carente de trascendencia. “Del ser no puede derivarse ningún deber ser”.

Un segundo origen es la reivindicación del pensamiento hedonista de algunos ilustrados materialistas franceses. De ellos, Helvetius, en Del espíritu (1758), define la motivación básica de toda acción con el amor propio o egoísmo en la búsqueda del placer y la aversión al dolor. Es la defensa del erotismo y el rechazo al sacrificio y a la austeridad. La felicidad es entonces definida como la satisfacción de las propias necesidades. El bien lo define como lo útil a la felicidad y lo malo como lo perjudicial o contrario a ella. La virtud es la unión del interés personal con el general, es, por tanto, fundir la moral con la política y la legislación (Colomer, 1987).

Jeremy Bentham (1784-1832) es el filósofo que logra darle unidad a la moral utilitaria. El axioma básico de “la máxima felicidad para el mayor número” es la regla y fin del gobierno, con el fin de asegurar el mayor bienestar a todos los individuos. Existe detrás de este principio el supuesto de independencia absoluta de los individuos en lo que respecta a sus preferencias y placeres. Por tanto, si un individuo obtiene un mayor placer, éste incrementa la felicidad total de la sociedad.

Bentham pretende construir una aritmética del placer y cuantificarla. Sus esfuerzos, por supuesto, fueron infructíferos y su mayor avance fue definir el “útil” como medida proxy del placer o bienestar, referida a una magnitud monetaria, el ingreso o la simple cantidad de bienes que posee el individuo. Sería fuertemente criticado aún en su época por un hedonismo sensualista y vulgar.

John Stuart Mill (1806-1873), positivista inglés, intentará darle una dimensión amplia al placer, más allá del placer meramente sensual. “Considero que la utilidad es la instancia suprema de toda cuestión ética, pero debemos entenderla en el sentido más amplio del vocablo, como fundada en los intereses del hombre en cuanto ente progresivo”. La anterior afirmación encierra y demuestra la discusión tratada en la presente ponencia: el hombre es el centro y fin ético que avanza de manera continua.

Lo interesante del pensamiento de Mill es que logra un breve distanciamiento con la tradición hedonista de Bentham. Por ejemplo, el placer no es idéntico a felicidad; lo que distingue al hombre del animal es la posibilidad de apreciar placeres diferentes gracias a facultades humanas que se cultivan, como el arte. “Es mejor ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho, es mejor ser un Sócrates insatisfecho, que un loco satisfecho” (Citado de Pérez, 2003, p. 141).

Desafortunadamente, este alejamiento es sólo breve y Mill termina por incorporar la visión benthiana de placer a la economía. Su más importante obra, Principios de economía política (1848) fue el principal libro de texto hasta la publicación de los Principios de Marshall (1890). En éste identifica la utilidad del individuo como el principal bien que la economía debe satisfacer.

  1. El homo oeconomicus

Producto de todo el desarrollo histórico e intelectual de occidente, llegamos al nacimiento del homo oeconomicus como continuación hombre cristiano. El judeocristianismo dotó al individuo como sujeto moral cuyo juzgamiento lo hace directamente con Dios, diferente a las otras religiones a través de la historia que definen la responsabilidad, el castigo o la gracia de manera colectiva. Al ser sujeto moral asume el control de sus pasiones y apetitos por medio de la razón. El bienestar y el buen orden de la sociedad ha sido para judíos y cristianos el resultado del buen comportamiento de sus individuos.

Sin embargo, existen diferencias. El hombre cristiano busca el ideal de una vida sobria y alejada de los excesos y los placeres desmedidos. El goce sensual ha sido por siglos el pecado que expulsó a la humanidad del paraíso y despertó la ira de Dios. El dualismo platónico significó un desprecio al cuerpo y lo terreno, la avaricia, la acumulación y el egoísmo fueron condenados como vicios. Entonces, teniendo que el hombre cristiano es la base del hombre económico ¿cómo se logra concertar el segundo con el primero? Lo que realmente sucede es un giro radical de los presupuestos judeocristianos en función del antropocentrismo y el capitalismo, pero manteniendo la arquitectura respecto a la naturaleza del hombre, la naturaleza y el lugar de éste en aquella.

Nicolás Maquiavelo (1469-1527) en su obra El Príncipe (1513) describe el método y la forma en que un príncipe debe mantener el poder político y la lealtad de sus súbditos. La implicación más importante es que el sistema político dicta su propia moralidad y todo príncipe debe ajustarse a ella sino quiere verse expulsado del poder. Esta moral propia es el egoísmo y la competencia por la supremacía. El beneficio general surge del equilibrio de las diferentes fuerzas contradictorias.

Del pensamiento de Maquiavelo se deriva la lógica del mercado. Aparece como una institución por encima de los hombres con una moralidad propia. Los individuos deben someterse, análogamente, a esta lógica so pena de ser expulsados de la competencia. Posteriormente, La fábula de las abejas (1714) de Mandeville justifica los vicios como causa de la prosperidad colectiva.

Detrás de estas tesis se encuentra la influencia de Newton y el concepto de equilibrio que impuso en la física clásica, como la armonía que resultan de fuerzas contrapuestas que en lugar de aniquilarse se complementan.

Como resultado, los vicios, el egoísmo, la avaricia, el placer y la competencia egoísta de los individuos que buscan su propia felicidad se contraponen, equilibran y armonizan en beneficio general.

De este modo, se mantiene el individuo cristiano pero ahora está volcado a la búsqueda del placer como objeto en sí mismo, aun cuando sigue habiendo cierto control de la razón como instrumento de ajustar de la mejor manera los medios al fin.

En este punto se invierte el papel de la razón en función de las necesidades del capitalismo como modo de producción social. La razón, desde la Antigua Grecia hasta la filosofía crítica de Kant, obtuvo en la historia un lugar preponderante como facultad humana de alcanzar la verdad y el conocimiento del mundo. El ascenso de la burguesía al poder colocó como modelo a seguir la racionalidad propia de esta clase. La razón ocupa ahora un lugar instrumental en la consecución de los fines deseados, no como facultad de conocer. “La razón es, y sólo debe ser, esclava de las pasiones, y no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas” (Hume, 1739).

  1. Visión moderna del desarrollo económico

Ahora bien, en la teoría económica el interés propio es análogo a la búsqueda del placer, y se presenta ahora no solo como aprobable sino como natural. Este principio es equivalente a la gravitación universal que armoniza los diversos intereses de los individuos. “-Ningún individuo- se propone , por lo general, promover el interés público, ni sabe hasta qué punto lo promueve. Cuando prefiere la actividad económica de su país a la extranjera, únicamente considera su seguridad, y cuando dirige la primera de tal forma que su producto alcance el mayor valor posible, sólo piensa en su ganancia propia; pero en éste, como en muchos otros casos, es conducido por una mano invisible a promover un fin que no entraba en sus intenciones” (Smith, 1776, Libro IV, II p.9).

Robbins define la economía como el estudio del comportamiento humano como una relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos. Los individuos toman decisiones descentralizadas con base en la elección racional que maximice la utilidad, dada una restricción presupuestaria. Las condiciones para llegar al máximo beneficio para el mayor número consiste en que tales preferencias sean completas y transitivas.

El principal significado de la teoría del Equilibrio General radica en realizar el proyecto de vincular el bienestar individual con el colectivo en un proyecto no intencionado, ni en donde nadie puede mejorar su bienestar sin empeorar el de alguien más.

Concluyendo, gracias a la tradición judeocristiana es posible la existencia del individuo como ente autónomo, racional y responsable de sus actos. Asimismo, está en orden jerárquico por encima de la creación, donde ésta ha sido dispuesta a la satisfacción de sus necesidades.

Posterior al Renacimiento el hombre ocupa el lugar central del mundo y todo lo contenido en él tiene como objeto la finalidad humana. El bien supremo, la felicidad. Los vicios hacen parte de un ordenamiento armónico gobernado por la providencia omniabarcante de un Dios sabio, poderoso y bueno que extrae bien del mal y dispuso un plan del orden general y la felicidad.


  1. El problema del desarrollo económico

Como síntesis, la utilidad del individuo se deriva sólo de la posesión de bienes escasos, el orden de preferencias no es lexicográfico por lo que la pérdida de un bien es compensada por el aumento de otro bien (sustitución). Finalmente, las preferencias son monótonas crecientes, es decir, más es preferido a menos. La teoría económica, finalmente, coloca en posición de superioridad al individuo, éste es soberano al juzgar sus preferencias y definir sus decisiones.

Los bienes económicos se convierten en el medio de alcanzar la felicidad, entre más poseamos de ellos mayor será nuestra felicidad. Ahora bien, viéndolo en conjunto, una sociedad opulenta con una mayor disponibilidad de bienes es una sociedad más feliz. La regla de oro del modelo de crecimiento de Solow maximiza el consumo de los agentes.

Por lo tanto, el crecimiento económico como cambio cuantitativo de los bienes materiales es el único determinante de la felicidad humana. La política económica y las discusiones teóricas tienen este supuesto presente.

A pesar de los cambios enumerados someramente en la concepción del hombre europeo, continúa de manera implícita la misma idea de cómo alcanzar la felicidad: esta viene de algo externo, de fuera del individuo que es necesario conseguir. En la medida en que más se posee este “bien” más completa es la felicidad experimentada. En realidad, el cambio importante es determinar el qué cosa provee la felicidad: en el medioevo es la comunión con Dios, en el Renacimiento es la realización del individuo en el plano místico y artístico y en el capitalismo es la posesión de bienes y su consecuente consumo.

Ahora bien, como ya se había mencionado, el utilitarismo tiene una gran influencia sobre la teoría económica. Los economistas se forman con la convicción de que el bienestar que alcanza un individuo y la sociedad en su conjunto está asociada a la cantidad de bienes y servicios. Ello explica la visión economicista de relacionar directamente el crecimiento económico con el desarrollo. En concreto, el PIB per-capita como medida del desarrollo indica cuánto una persona en promedio de determinado país puede consumir, es decir, qué tanta felicidad puede comprar.

No obstante, esta visión del mundo, el hombre, la felicidad y el desarrollo trae consigo una serie de incoherencias que se evidencian en las consecuencias de la sociedad moderna. Son del orden ambiental, social y humano.

Ante la angustia de un mayor crecimiento, la naturaleza ha sido despreciada con objeto de satisfacer las necesidades humanas. Así, antes que convivir con el ambiente natural existe una dominación jerárquica donde los seres animales y la vida no humana carecen de derechos y valor en sí mismos. Esto ha llevado una depredación que pone en riesgo no sólo la supervivencia del medio ambiente sino la nuestra propia.

En términos sociales, el afán de lucro lleva a unos a concentrar una gran cantidad de riqueza en perjuicio de la mayor parte de la población. El hombre se ha convertido en un ser insaciable que justifica su apetito en la “libertad” y la soberanía del consumidor, pero cuyo efecto práctico es la exclusión y la marginación. Esto ha generado una serie de conflictos sociales palmarios en la sociedad moderna. La lucha contra el “terrorismo” no deja de ser la represión ante los efectos que ha traído el sistema económico imperante y que, como hemos visto, se basa en la tradición judeocristiana.

Al interior del individuo las contradicciones son igualmente nefastas. El consumismo se ha convertido en una presión mental. El deseo de consumir y consumir se convierte en una angustia perenne que nuna se sacia, creando necesidades que deben ser suplidas. El hombre ha sido colocado en la posición de Sísifo, pero en lugar de remontar una y otra vez la roca de su condena que siempre volverá al punto de inicio, el hombre está condenado a nunca estar satisfecho. Desafortunadamente, y parafraseando a John Stuart Mill, somos unos cerdos insatisfechos.

Esta concepción del desarrollo ha ido cambiando, pero como producto de la crítica de la realidad práctica más que de una reflexión profunda del bien-estar y la felicidad del hombre, objetivo último y esencial de la economía. Amatya Sen se pregunta en el prólogo de su libro Desarrollo y libertad (1999), “¿Cómo es posible que en un mundo como el nuestro, que ha alcanzado un nivel de prosperidad sin presedentes, se le nieguen las libertades más elementaes a un gran número de seres humanos?¿Cuál es la relación entre nuestras riquezas y nuestra capacidad devivir según nuestros deseos?”. Sen cuestiona acertadamente la relación “cantidad de bienes = felicidad” y enfatiza que el objetivo es el hombre. Sin embargo, la “alternativa” es simplemente una falacia que preserva las contradicciones inherentes al sistema económico. Su conclusión se limita a una anomalía, mal funcionamiento u obstáculo que impide irrigar a todos los individuos el bienestar.

En opinión de Sen “el desarrollo consiste en la eliminación de algunos tipos de falta de libertad que dejan a los individuos pocas opciones y escasas oportunidades para ejercer su agencia razonada” (Sen, 2000, p.16). El desarrollo es entonces la expansión de las libertades reales que disfrutan los individuos. Considera el sistema de gobierno basado en en las libertades políticas y los derechos humanos como superiores, la soberanía del consumidor permanece intacta, la naturaleza continúa en una posición subordinada y la esencia de la razón instrumental es la agencia razonada. La solución econsiste en dotar de capacidades a las personas para competir en el mercado, jamás escapa a la tradición judeocristiana.

  1. Visión alternativa de la felicidad: el epicureismo

El epicureismo es una escuela filosófica surgida en el año 306 a.c. a las afueras de Atenas por Epicuro. Se reunía con sus discípulos en lo que denominaban como “El Jardín” para filosofar y compartir. Las principales características principales de esta comunidad era la aceptación en términos de igualdad entre hombres y mujeres, ricos y pobres, e incluso con esclavos. Su principal influencia filosófica fue el atomismo de Demócrito, quien afirmaba que todas las cosas existentes en el universo era la colección de átomos (en griego a = sin, tomo = división) combinados de diversas maneras para constituir las rocas, el agua, los seres vivos e inclusive el alma humana. En consecuencia, el epicureismo creía que todo se descompone al dejar de existir en átomos, destruyéndose asimismo el alma y, por tanto, no importa pensar en un más allá porque sencillamente no existe; lo importante es ser feliz en el presente.

La felicidad es concebida como el resultado de una mente libre de inquietudes y un cuerpo libre de dolores. Es un hedonismo pero austero, no busca el placer sino que rehuye del dolor a diferencia de la visión voluptuosa y vulgar de Bentham.

Para Epicuro, y esta es la diferencia fundamental con la tradición judeocristiana, la felicidad no es una búsqueda de “algo” que la provea, la felicidad se encuentra al interior de cada hombre y mujer. Es decir, cada uno de nosotros es perfecto, y como tal, no necesita de nada para alcanzar la felicidad que le pertenece por el mero hecho de existir. La felicidad emana de la amistad y la bondad con todos los que nos rodean.

Sin embargo, si los hombres buscan la felicidad es porque son infelices. Esta infelicidad se debe al apego a las cosas materiales o externas, pues al final su existencia no depende de la voluntad humana, sino que vienen y se van, se genera una angustia al pensar que algún día nos faltarán. “Quien se prepara de la mejor manera para no depender de las cosas externas éste procura familiarizarse con todo lo posible, y que las cosas imposibles no le sean al menos extrañas. Respecto a todo aquello con lo que no es capaz siquiera de eso, lo deja al margen y marca los límites todo lo que resulta útil para su actuación”. En realidad, lo importante es considerar lo posible y lo material no está prohibido, pero quien modere el apetito, sus deseos a necesidades menores será con seguridad feliz.

El punto importante es la concepción de necesidad, para la economía capitalista la felicidad es la satisfacción de necesidades (reales y creadas), mientras que para los epicureístas la felicidad surge de la ausencia de necesidades, la diferencia es sutil pero significativa. Frente al capitalismo Epicuro diría: “A algunos de los deseos naturales que no acarrean dolor si no se sacian, les es propio un intenso afán. Proceden (sin embargo) de una rara opinión; y no se diluyen, no por su propia naturaleza sino por la vanidad propia del ser”. Y por rara opinión se puede entender la publicidad y la idea de desarrollo que nos han estado vendiendo por 500 años. Se cuenta que en una ocasión Sócrates llego a una especie de vitrina en donde se exponían diversas mercancías para su venta, a lo que el filósofo exclamó: ¡Cuántas cosas no necesito¡.

“La riqueza –para Epicuro- acorde con la naturaleza está delimitada y es fácil de conseguir. Pero la de las vanas ambiciones se derrama al infinito”. La obsesión por el crecimiento económico se derrama al infinito (crecer y crecer) y siempre hace falta más. Estas vanas ambiciones al no satisfacerlas crean conflictos e infelicidad pues “Ningún placer por sí mismo es un mal. Pero las cosas que producen ciertos placeres acarrean muchas más perturbaciones que placeres”. Es regla que la acción de poseer genera una reacción de igual magnitud y en sentido opuesto de lo poseído a su poseedor; es decir, lo que poseemos nos posee también.

  1. Enfoque alternativo del desarrollo

Ahora bien, ¿puede obtenerse una idea de lo que es desarrollo desde el epicureismo? Si entendemos el desarrollo como el logro de la felicidad por parte de los individuos y a nivel social, podríamos sacar las siguientes conclusiones:

  1. Cambiar nuestra percepción egocéntrica respecto al universo. Hacemos parte de él y estamos íntimamente ligados a los seres y objetos en él contenido. La naturaleza posee valor en sí mismo y es objeto de derecho al igual que nosotros. Debemos establecer un sistema económico que armonice con nuestro medio ambiente. Para ello, es importante medir nuestras apetencias y limitarlas a lo suficiente. Antes que satisfacer necesidades, es mejor no tener demasiadas necesidades que satisfacer.

  2. El individuo es sin duda el objetivo, sin embargo, éste no puede ser desligado del conjunto social que le dotó de su individualidad y sin el cual no puede existir por sí mismo. Debemos hablar de un “individuo social” y olvidarnos de Caníbal Lecter como paradigma de egoísmo y búsqueda del propio placer.

  1. Conclusión

La tradición judeocristiana ha determinado la arquitectura mental de occidente, y occidente a su vez ha sometido al mundo entero a esta lógica. El mundo, el hombre y los problemas tienen una visión particular de abordarlos. El capitalismo, sin cambiar la noción básica, ha transformado los conceptos judeocristianos a su conveniencia y la teoría económica, que en ocasiones raya con la apología, continua esta visión pero desde una óptica laica.

Esta visión del mundo genera unas contradicciones que determinan en buena medida los problemas globales a los que nos enfrentamos hoy. Es necesario, como colectividad, reformular los presupuestos sobre los cuales se asienta la sociedad moderna. Esto implica cuestionar la visión del judeocristianismo frente al egocentrismo humano y nuestra propiedad sobre todas las cosas. Asimismo, realizar una crítica profunda de la ciencia económica y el concepto de riqueza.


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1 También podría considerarse el poder, la riqueza en sí misma o la vida eterna como bienes supremos.

2 Han existido tribus o comunidades que se han especializado en el robo a otros grupos humanos como manera de proveerse las condiciones materiales de existencia. Sin embargo, es penalizado el robo al interior del grupo, como por ejemplo, la lealtad entre ladrones.

3 Ahora bien, de esas diferentes culturas la justificación de que robar es ‘malo’ está en función de la autoridad invocada, más arriba explicadas. Así, robar puede ser un pecado porque dios lo ha determinado así, o porque el ladrón carece del derecho natural sobre el objeto fruto del trabajo ajeno (modelo de la naturaleza), o porque, como lo expresara Kant, la regla es no hacer a los demás lo que no quieras que te hagan a ti (razón).

4 Sin embargo, este reconocimiento ético es marginal al análisis económico y no trascendió como se hubiese esperado.

5 Asimismo, Crouse logró sobrevivir gracias al conocimiento adquirido al haber vivido en sociedad, como por ejemplo, que los cocos se pueden comer, el comercio y el lenguaje.